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lunes, junio 02, 2008

Nunca más cerca de un (¿mi?) perro.

La mudanza mencionada en el artículo anterior incluía un punto complicado, dentro de todos los puntos complicados que las mudanzas suelen incluír, pero en este caso era un punto complicado que a simple vista parecía sencillo, y no lo era. Para no seguir divagando y mencionárselo al fin a la masa ¿? lectora de este rincón, el caso es que había que cuidar y trasladar a un perro, y alguien tenía que encargarse de ello.

Por supuesto, en la tradición participativa y encantadora que mis progenitores han cultivado conmigo toda mi vida, mi padre me encomendó la tarea a mi.

Pero empezamos bien, pues es el único perro con respecto al cual mi conocida (por mis cercanos) canofobia no me afecta. Si alguien me ha visto alguna vez jugar, acariciar, o hablar amablemente a un perro, es a él.

De hecho, supuestamente, o al menos en un principio, el perro era mío...

¿Por qué querría yo, que nunca he sido dado a los animales, tener un perro? La memoria me falla, pero realmente, divagando en mis anales incompletos, llego a la conclusión de que alguien, "alguien", debe haberme visto mal en esos años solitarios y pensó que una mascota, la misma que desde entonces me obligó a abandonar uno de mis juegos favoritos (esto es, hacer caminos de tierra y aldeas de piedra en el patio de donde vivían en ese entonces mis abuelos paternos), me haría bien. De paso, proporcionaría algunos recursos y libraría de un cachorro a un viejo amigo suyo.

Sin embargo las cosas empezaron a salir de modos inesperados desde el momento en que fue clarísimo que mi pequeño agujero hobbit no estaba preparado ni para recibir a un par de catas, y mucho menos a un perro. Desde allí que la mascota terminó con mis abuelos. Y la Providencia sabe hacer las cosas: al final lo necesitaban más que yo. Si bien desde entonces no dejan de recordarme de tanto en tanto mi irresponsabilidad como "padre" del canino, para el cual me preparé leyendo una completa enciclopedia sobre perros, que resultó inútil, pues sus verdaderos amos, mis abuelos, siguiendo sus académicos y elaborados métodos de crianza de mascotas, lo criaron como un perro casero cualquiera, para espanto de los entendidos.

En todos estos años, y ya tiene hartos, ha sido compañero fiel y molestoso, insaciable en su hambre y en su querer jugar, sólo le falta hablar, y hasta en sus defectos (que no voy a mencionar públicamente, también merece dignidad, ¿no? Ya que todavía puede tener dignidad virtual, que la tenga.); se ha ganado el cariño de todos. El mío incluído, lo que ya es todo un logro de su parte.

Así que hoy me tocaba cuidarlo y llevarlo a su nuevo hogar.

Cuando llegué estaba asustado. Por momentos temblaba; suponemos que sus instintos le hacían pensar en su mente de can que quedaría abandonado en ese lugar que ya no parecía conocido, donde hasta los ladridos sonaban raro. Se negó en un momento incluso a comer trozos de pan, lo que hablaba del susto que tenía. Yo, que en largos años jamás me atreví a sacarlo siquiera a la esquina, primero lo pasee por el patio para calmarlo, y luego lo saque a la calle, a buscar árboles y a que recorriera por última vez las veredas que sólo pisaba para ir a cortarse el pelo. Hice lo que nunca: abrazarlo. ¿Se me habrá ablandado el ánimo con las mascotas? No lo creo, pero este ya es de la familia, y cuando uno siente así algo o alguien, hace esas cosas. Es como lo que pasa cuando te haces hincha de un equipo chico: lo sientes como tu tío, tu primo, incluso tu hermano; por eso sufres, te enfadas (tengo testigos: el alcalde de Isla de Maipo, jajaja), lloras y ríes con él.

Llegada la hora de partir venía la hora más difícil de la misión: velar porque el can no hueveara al chofer en el largo trayecto, que finalmente no duró más de media hora. Sorpresivamente, y en concordancia con el ánimo que hubo durante la jornada, la mascota se comportó. Dentro de lo que se le puede pedir a una mascota asustada, tomada de una correa, y abrazada por un inexperto joven, claro. Pero lo hizo bien. Por momentos incluso se dedicó a mirar el paisaje, y en los túneles, así como esa gente que nunca ha visto una carretera, agachaba la cabeza y se negaba a mirar.

Llegado a su nuevo hogar, no demoró en acostumbrarse, retomar el hambre y la sed, y en reconocer su nueva casa; pues ya no dormitará bajo una "mejora" de población callampa canina (pues su "hogar invernal" era un toldo tendido entre pared y sillas, cerrado con cajas, y unas mantas): ahora lucirá con estilo una casa de plástico donde he pensado que le cabría muy bien una de esas viejas TV de 5' en blanco y negro. (Pero mantendrá sus viejas mantas)

Es raro que tenga ganas de hablar de un perro, del único perro vivo al que le tengo real cariño (hay algunos pocos a los que les tengo simpatía, después de años de mi fatídico trauma, se me ha abierto un poco la mente), pero creo que se lo merece; y también me lo merezco yo después de tan especial labor.

También podría hablarles de cómo me encargué solo durante casi toda una tarde de siete felinos, pero la verdad sea dicha, uno rompió un jarrón, otro engulló tanta comida que terminó por devolverla; y la verdad es que se resisten un poco a que cuiden de ellos, no es precisamente lo mismo que con los caninos. (Y de todos modos, me he ido acostumbrando igual) Así que de gatos, las palabras serán en otra ocasión.

lunes, mayo 19, 2008

Un cambio. ¡Qué cambio!

Durante 20 de mis 20 años de vida he tenido la cierta fortuna (de verdadera, no de relativa) de que lo que yo considero "mi familia", o sea, mi familia extendida (incluye abuelos, y algunas tías y prima) viva cerca de dónde yo resido (o bien, en los primeros tiempos, vivir en el mismo lugar con la mayor parte de ellos). Eso que seguramente espantaría a los más independientes, para mi, extrañamente, jamás ha sido algo digno de espanto, sino que todo lo contrario, un hecho agradable que, debo decirlo, me da seguridad.

Por otra parte, tener que mudarte de casa cuando tienes cerca de 70 años y la verdad, quisieras vivir con la menor cantidad de problemas y cambios (aunque es muy difícil en estas horas del mundo) posibles es, por lo menos, desconcertante.

Ocurre que mis abuelos paternos se cambian de casa, y si bien el hecho estaba más anunciado, el modo veloz en que están ocurriendo las cosas no deja de ser sorprendente. Y es que hay cosas que uno sabe que deben pasar, que son necesarias, a veces deseables; y sin embargo uno tiene la peregrina esperanza de creer que el tiempo nunca nos va a llevar a ellas, que están ahí sólo en el papel, que no serán concretas. Cosas como la muerte, como vivir sin pase escolar, como que tu equipo de fútbol desaparezca.

Enfrentado ante esta extraña realidad, y a la lejanía del cambio, pues digamos que Maipú no es precisamente una cosa cercana (si bien aún soy joven, o eso creo; pero lo que intento decir es que puedo tolerar más bien que mal 3 horas de viaje en micro... Además, Transantiago en general se porta bien conmigo, soy una especie rara), debo admitir que no soy precisamente en quien más impactará el cambio, claro. Pero llega. Llega y habrá que pensar que no tendré juegos de cartas ni perro que acariciar a cinco minutos de distancia, que en días de lluvia como este será bastante más difícil hacerse de las sopaipillas y pan amasado que mis abuelos suelen hacer, que cuando tome tarde micro en Bandera ya no esperaré que venga mi abuelo arriba de la 202.

Sin embargo hay que también pensar que es una instancia que implicará sacar buenas cosas de ella. La distancia en las relaciones humanas no es necesariamente un sinónimo de pérdida o deterioro. La distancia en las relaciones entre las personas nos pone ante la disyuntiva de considerarlas inútiles y de dar la lucha por perdida, o bien de mostrar el valor de aquellas, y no sólo de mostrarlo, sino de demostrarlo... Por cierto, eso implica un esfuerzo que a veces parece considerable. Pero la disyuntiva no es una elección forzada por una opción, sino que las pone en manos de uno. Y yo ya sé qué opción quiero tomar en este caso.

Hay cosas que necesariamente cambian. No es malo. No es fácil.

miércoles, mayo 07, 2008

El mercado de las hamburguesas de soya.

Una de las cosas que me agrada de mi universidad, aunque no haya hecho uso de él (la vez que quise hacerlo me espanté con los precios de unas cajas antiguas) es el nutrido y variopinto mercado que se genera a las afueras de ella, en calle Almirante Barroso especialmente. Dependiendo de la hora y del día el transeunte y el estudiante pueden encontrar figuras en alambre, antigüedades, tejidos, joyas, artesanía, libros, información cultural, e incluso alimentación.

Dentro de este último rubro este año ha hecho explosión un producto en específico: las hamburguesas de soya. Este producto alimenticio al parecer se ha puesto de moda, y con diversos acompañamientos "sanos", viniendo además en su respectiva bolsita, son vendidas por acá entre $400 y $500 aproximadamente.

Yo la primera vez que supe de esa clase de hamburguesas (no soy precisamente muy "hamburguesero") fue gracias a Bohemia, que no come carne, y alguna vez en una visita a su casa nos las dio a probar a mi y a Nostalgia. Debo admitirlo: me gustaron. A pesar de que soy un omnívoro por naturaleza y genética familiar, y ni los mejores argumentos me hacen renunciar a los placeres de la carne -sí, sí, este es el momento en que algún lector puede decir que soy un criminal carnicero amante de la sangre-, la encontré de un sabor y substancia agradables, y estuvo bien para mi. Sin embargo no había vuelto a tener noticias de estas hamburguesas, salvo una vez en que Nostalgia compró una de ellas para el hambre en uno de los tantos recitales que en el Parque Italia del Puerto se realizan.

Hasta que este año se han presentado en gloria y majestad por la calle que se extiende a lo largo del grueso de la universidad a la que asisto. Sobre todo son vendidas, me he fijado, por jovenzuelos con vestimentas de estilo "punki", con voz suave y sin mucha promoción en realidad. Pero al parecer tienen éxito, porque se han ido multiplicando los proveedores, los que, sobre todo, tienen su hora de "hacerse la América" entre el mediodía y las dos de la tarde.

A tanto ha llegado este mercado que me asombra que incluso se venden promociones. Así es, porque uno de los proveedores (mejor dicho, una) ofrece combinar la hamburguesa con un tentador jugo natural, de frutillas me parece.

Así pues, parece que tendré que probarles la mano. Logran que se me haga agua la boca (lo que no es muy difícil).

jueves, marzo 20, 2008

Música de Morricone.

Dos canciones de Morricone. Una sí, la conozco. La otra no tengo idea de cómo se llama. Sólo me gusta cómo suena, me conmueve. Y tengo ambas en la cabeza, en este momento.

Revolotéandome, sonando en mi, tratando de darme calma. Mientras pienso que me gustaría ser música, para así como a mi me dan un poco de paz poder combatir la tormenta de proporciones que se ha apoderado del territorio de la extranjera, viento que conmueve los cimientos, lluvia que arrastra los pilares. Me gustaría.

Pero no soy. Ni encuentro aún la música que calle a aquella bestia que grita tan fuerte.


Pepón.

viernes, mayo 18, 2007

Una frase.

Me pregunto realmente si será "una frase". Si es que es "una frase" la que ha originado todo esto. Mi paranoia (o, mejor dicho, mis paranoias) me impide saber si es cierto.

Pero acabo de convencerme de que así es.

Al menos en mi.

Ayer, anoche, yo y mis incorregibles madrugadas. Demasiadas frases lanzadas al viento, bueno, a un viento específico que como cable telegráfico cruzaba los valles de Curacaví y Casablanca, dos túneles, una odiosa ciudad satélite, una barriada dejada de la mano de Dios, y varios edificios necesitados de un milagro -que no aparecerá- para devolverlos a sus años de gloria.

Frases y el miedo. Porque el miedo movía a la espera de "una frase", que no es la misma en cada caso. "Una frase", y aunque intentaban salir otras palabras para contener, tal parecía que, sin lluvia, aquella madrugada todos los embalses se salían de control.

Y aquella frase no llegaba y no llega.

Este pequeño desgarro a-verbal no tiene nada, nada que ver, con aquello de matar dulcemente con esa canción que decía la melodía que hace un rato sonaba en "Tiempo de consagrados". Al menos aquello tenía palabras melodiosas. Acá hay sólo silencios. Al menos, por ahora.


S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.

viernes, enero 12, 2007

Removiendo papeles (Parte I).

Hacer aseo en este lugar donde vivo consiste fundamentalmente (salvo que realmente hagamos aseo, cosa que suele hacer más mi madre que yo) en remover papeles, labor que sirve ante todo para tres cosas:

1. Ayudar a que la presencia de los odiados arácnidos en el departamento sea menor. (Como se sabe, la acumulación de papeles es muy amiga de la llegada de arañas, frecuentes visitantes de esta lugar, pero no bienvenidos precisamente)

2. Perder el tiempo. Pues el remover papeles implica siempre que terminamos leyéndolos, sean libros, revistas de viajes, revistas de educación (pero esas yo no suelo leerlas), recortes de diarios, carpetas con fotocopias, carpetas con trabajos del año de la pera, fotos, y más diarios. Largas horas de lectura pueden pasar entonces allí, con los papeles tirados por todos lados, y el tiempo invertido en leer suele resultar más que el dedicado al plumero.

3. Encontrar recuerdos históricos. Desde boletos hasta recuerdos políticos, debidos principalmente a mi padre.

Y ejemplo de eso es este panfleto.

















Este panfleto del "Comité 'Por el reencuentro democrático del pueblo de Chile'" (esos nombres estrambóticos que le ponían y le ponen a las organizaciones) del año 1985 lo encontró mi madre revisando libros, y sugirió publicarlo. Por entonces, si la memoria no me falla, seguía en pie el Estado de Sitio implantado en noviembre de 1984, por lo cual desconozco si los organizadores habrán logrado llevar a cabo sus actividades, y con qué clase de éxito. Pero allí está el recuerdo.

Este panfleto me hizo recordar la muestra de panfletos que ví alguna vez en las afueras de "La Nación" (donde suele haber muestras de fotos y/o pinturas) y el aviso de "El Mercurio" donde vendían una colección de panfletos de la época.

Ya saben; si tienen recuerdos de esta clase, o de otras clases, y se quieren deshacer de ellos, he aquí la bodega (perdón, la persona) indicada.

Si estoy de ánimo colocaré otros de los recuerdos encontrados.

Saludos,

S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.

jueves, noviembre 02, 2006

¡Melipilla en Primera! (Crónica de un hincha)

Santiago, 31 de octubre de 2006 - 2 de noviembre de 2006.

El viaje hacia Melipilla transcurría con pocas palabras. Es que los nervios y las ansias estaban allí. A tan poco del partido esperado ya no había mucho que decir, pero sí mucho que desear.

Para entonces ya había pasado una semana llena de ansiedad e inquietud. Las circunstancias habían hecho que un partido que de por si prometía se transformara en un duelo decisivo. Un imperdible, un partido que prometía ser memorable. Y que mientras llegaba provocaba que el pensamiento se concentrara en él, cuál huracán absorbiéndolo; que las noches se hicieran interminables y que no hubiera ni sueño ni hambre. Que los nervios hicieran reír por lo bajo, y que pasaran frente a los ojos los datos, las posibilidades, ese "y si ganamos"... Incluso no era extraño sorprenderse gritando solo, como si ya se estuviera ante la cancha.

Felipe me había prestado el "The Clinic", pero apenas le eché una hojeada; la inquietud me impedía leer. Pasado el peaje aparecía Melipilla. En la radio ya a esa hora, las 15:00, transmitían acerca del partido. Mientras íbamos por Vicuña Mackenna se escuchaban los testimonios de los hinchas del Lota, que habían llegado temprano a la ciudad de los cuatro diablos. Pocos autos y poca gente circulaban: Entre el Súperclasico y el partido al que nos dirigíamos, seguramente la gente se comenzaba a guardar para ponerles atención.

Avanzando por Pardo las casas de adobe nos daban la bienvenida. Arriba del bus los hinchas del Lota eran mayoría, y con algunos de ellos comentábamos lo que estaría pasando en Chillán y otras cosas para distender. Al llegar a Benítez el bus se detuvo. Una masa de hinchas lotinos, que realmente llegaron en tropel al Municipal melipillano, intentaba entrar al estadio. A lo lejos, en lo más alto de la galería oriente, se veían algunos hinchas melipillanos. El bus tomó un desvío para llegar al Rodoviario, y por Ortúzar se veía llegar otra marea, esta vez la de los hinchas de blanco y azul. Al parecer llegar una hora y media antes no había sido una medida exagerada.

Bajamos en el Rodoviario y entonces llamé al hombre de las entradas. Todo listo; nos estaba esperando por la puerta donde entran la ambulancia y los bomberos. Se sentía la efervescencia de la gente mientras cruzábamos, y allí, al frente, un hombre de jockey y maleta (sin ser "el hombre del maletín") levantaba la mano para decir que ya me había reconocido. Hechas las presentaciones varias, había que arreglar el tema de las entradas. Tres de los que habíamos subido al bus se nos separaron: entraban por Benítez. Los cuatro que éramos desde ahora en adelante entramos por la puerta chica de Ortúzar, y acordamos ponernos en la oriente a pesar del sol, sólo porque la presencia de la barra lo haría más entretenido. Después nos daríamos cuenta que no nos habíamos equivocado, y que además el sol no iba a ser una gran molestia. La fuerza del viento, que corrió toda la tarde, anuló los efectos del astro rey.

Nos ubicamos cerca de la barra, ahí en "la popular", lo suficientemente alto para ver bien el partido. Para lo que faltaba más de una hora. Amenizaba el ambiente la música del recuerdo, y con el Memo nos acordábamos de todas esas canciones de Buddy Richard y los Hermanos Zabaleta, que no corresponden al típico repertorio del "DJ" (término que nos hizo acordar cómplicemente de una canción de nuestro ídolo con quien me acompañaba a la derecha) del Municipal melipillano. Pero pronto volvió a la normalidad, con cumbias. El hambre comenzaba a hacer algo de efecto, y para entonces desenfundamos los sanguches y las galletas, a fin de engañar al estómago.

Después del "mange", el aliento. Los lotinos comenzaron a hinchar, obviamente molestando a la barra melipillana, y no tardamos en responder. Los hinchas de siempre gritaban cuando se extendió la camiseta gigante de los Meliadictos, esa que con tanto orgullo se ha presentado en otras canchas. Y estábamos en esa cuando de pronto baja algo por la galería. ¡La bandera gigante! Con entusiasmo, aunque la primera vez sin entender mucho lo que pasaba, la gente -entre la que me incluía- fue bajando la bandera y agitándola con entusiasmo, aplaudiendo cuando se replegó. Aquella bandera gigante nos garantizaba entretención para el partido.

Partido para el que no faltaba mucho. Nostalgia miraba a la gente, curiosa por el ambiente de estadio, Memo y Zaldee ya estaban con los audífonos en las orejas, y yo que de puro ansioso no quería poner la radio para escuchar los avisos de Supermercados Romanini y Emelectric que ya me sé de memoria, y que me desafíen a cantarles los "jingles" promocionales. Prefería pasar los nervios en silencio, con el ruido del viento y de los cánticos. Mientras, nos divertíamos viendo a Traverso y compañía hacer el calentamiento moviendo los pies para un lado y para el otro. Miraba para los lados y veía lo increíble: gente de pie. Y mucha. Me recordaba las imágenes del "Federico Schwager" con la gente tras esos pasillos de rejas y yo en la semana diciendo "no, aquí no se puede poner gente de pie". Ahí estaban. El público había desbordado las expectativas, restando varios minutos para el partido. Cuando faltaban unos veinte minutos prendí la radio y saqué la libreta de notas. Todo listo, y sólo faltaba el pitido inicial.

Primero salieron los lotinos, encabezados por su típico minero, que recordaba haber visto la semana pasada en "Pelotas". Y después, ¡Deportes Melipilla! Gritamos para recibirlos y yo agité mi bandera, pero pronto los gritos se callaron. Es que el polvo blanco de los extintores nos cubrió, pero pocas veces he quedado empolvado con más felicidad. Bajó de las alturas la bandera gigante y la agitamos entre gritos y saltos, para alentar a un equipo que lo necesitaba. Pasado el humo y subida la bandera nos sentamos. Comenzaba el partido.

Pronto los nervios que mostraba Deportes Melipilla en la cancha se me transmitieron, y las chuchadas se hicieron proporcionales a los errores que mostraba el equipo de mis amores. Recuerdo haber desatado la hilaridad de mis amigos con una larga serie de chuchadas que le eché a un lotino que fauleó a uno del Potro cerca de la galería visitante: un verdadero rosario de improperios que me hizo darme cuenta de que debía guardar algo de calma. Calma que era difícil mantener con los goles que se perdía Lagunas, y con los que Lota dejaba pasar. Era la primera mitad y terminaba a cero. Y yo pensaba que nos iba a pasar lo mismo que en todos los partidos anteriores.

De todos modos al salir de nuevo el equipo me levanté agitando mi bandera y grité para animarles, aunque no me oyeran. Las plegarias de la semana fueron escuchadas, pues, al parecer, la bondad alcanzaba como para regalarle un triunfo a los hinchas melipillanos, a los de siempre y a los de ocasión. Una jugada inentendible, pero daba lo mismo. Cuando el defensor lotino la sacaba desde dentro nos mirábamos con una cara de "entró, ¿cierto?". Y Osses señalaba el centro de la cancha, y los jugadores de Melipilla atinaban a abrazarse. ¡Era gol! ¡Sí, era gol! ¡Gooooooool! ¡Me-li-pi-llla, Me-li-pi-lla! ¡Qué se pare Melipilla! Gol, sí, ¿qué importaba cómo? Era para sonreír, para gritar, para agitar la bandera al viento respondiéndole a Pericás y a los jugadores que llamaban a alentar.

Ahí despertó el equipo y despertó la alegría. Pero faltaba más. Mientras me imaginaba al frente a Mauricio y a Luis en silencio acá nos recuerdo ante un córner de Johan Fuentes gritando como en el circo romano "¡gol! ¡gol! ¡gol!". Y llegó el otro gol. Un golazo. Pericás le hizo todo el honor a su apodo, y de haber estado el Reno ahí le habría dicho "¿viste que era Maestro?". Nostalgia sabe cómo festejé ese gol, ese gol que me hizo saltar frenéticamente sobre el tablón, aún a riesgo de caerme. ¡Gooool! ¡2-0, ahora sí, ahora sí que parecía listo! Y cómo no creerlo, si en la cancha veía al fin al equipo ese que ganó tantos partidos; al que me tocó más escuchar que ver, porque perdió con Curicó, con Magallanes no jugó a nada, y con el mismo Lota casi termina provocándome un infarto. Ahora sí, y se ganaban unos ¡óle! entusiastas, y yo me emocionaba porque era la primera vez que veía algo así; porque para 2004 recién estaba recuperando la afición, y para el 92 era muy chico y mi abuela aún no me hablaba de este equipo, aún no me presentaba al señor de las banderas, ni íbamos solitarios yo, ella y mi padre a una tarde en Santa Laura, con menos gente que en reunión del Partido Liberal y ahí, sin nadie alrededor, vimos jugar a ese equipo de blanco y azul.

Se acercaba el momento. Allá en la norponiente, donde la primera vez que fui al Roberto Bravo Santibáñez tuve que aguantar un tiempo, porque entonces no sabía que el papá del Memo siempre llega atrasado a los partidos, el silencio se sentía. Acá el carnaval estaba a punto de desatarse. El pitido no hizo más que dar la señal de inicio. ¡Melipilla en Primera! era el grito, y allá lejos, en la banca, los de rojo se fundían en un abrazo. La gente que fue acumulándose tras el tablero marcador, ese mismo que antes del penal aquel domingo de invierno había cambiado sin que se hubiera metido el gol, salió corriendo hacia la cancha. Encabezados por la bandera a cuadros con los potros azules, más orgullosa que nunca, se acercaron a los jugadores, los que habían logrado todo esto. Los que hoy reemplazaban los recuerdos de ese globito de la U. de Conce, del mal arbitraje ante la Católica, de la liguilla que se sentenció en Rancagua, con una alegría que era fin y comienzo de un sueño.

Bajó la bandera gigante una vez más, flameando con más entusiasmo que nunca. Luego vinieron a saludar, emocionados. Los aplaudimos de pie los cuatro, mirando su emoción. El flaco Medina, aquel de la entrevista en la "Triunfo" que traía un papel adhesivo con mi nombre, parecía un cabro chico subido en la reja, gritando, recordando seguramente a su hijo. Franco Cabrera se creía el jefe de la barra y se había apoderado de la bandera con los potros, haciéndola flamear. Flameaban todas las banderas blanquiazules, el viento agitaba a los caballitos mientras a lo lejos las visitas comenzaban a partir. Abracé a los muchachos, a la muchacha, por la compañía, por la alegría, por el bendito momento. Los jugadores se iban, pero se decidieron a dar la vuelta, y volvieron los gritos y pobres de los que se hubieran ido antes, porque ¡es un carnaval, es un carnaval, es un carnaval, Melipilla es inmortal!, y era inmortal, más que nunca, al menos para mi; el viaje, la plata gastada, el año y un poco más en el blog, las dos horas y media cada domingo y luego quedándose a escribir en el computador, todo había valido la pena.

Finalmente se fueron a cantar con Musrri en los camarines. Nos sacamos algunas fotos más, y fui sincero. No me quería ir. Pensé en ir a la Plaza, pero ya era tarde, y la ciudad donde nadie comprendería la camiseta que llevaba puesta me esperaba, nos esperaba. Eché unas miradas al "Roberto Bravo" para no olvidar nunca más, con nostalgia y una alegría que se irradiaba. Salimos a Ortúzar y me animé a agitar la bandera, en medio de algunos bocinazos, algunos de ellos respondiéndome. Era una fiesta. El papel blanco llenaba la galería oriente, pero ahora la veíamos a lo lejos, desde el Rodoviario. Ya en el bus, la radio nunca habló de nuestro triunfo, y sí del Colo con la U. No importaba nada. Ahí había estado, para verlo. Para no olvidarlo nunca más.


Como en aquel "Cosas del fútbol" que tiene su espacio bien ganado en mi repisa, es la hora de los agradecimientos. A Gonzalo, que me hace propaganda, me contactó, y me advirtió que no pusiera su foto en el fotolog. A Patricio, que no se hizo problemas en comprarle 8 entradas a este individuo y en interrumpir su labor para salir a dejármelas. A Juan Carlos, con quien nos quedamos mandándonos mails algunas madrugadas, de esas en que apenas se podía dormir. A Mauricio, por todas las nerviosas charlas de la semana, y especialmente por el gesto que tuvo al despedirnos. A Badir, que se aguantó las lágrimas para sacarme unas fotos, que pondré en los próximos días. A Andrea, porque otra podría con justa razón haberme exigido pasar aquellas horas en otra parte, pero ella no; partió al estadio conmigo. A Memo y Zaldee, que fueron unos hinchas más y salieron de Santiago en esta aventura extraña. A Diego, que me llamó "colega hincha" cuando me escribió, siendo que más nunca que tarde puedo ir a un partido. Y a mi madrina que, como se lo escribí, sin ella yo no hubiera estado ahí.


Desde la capital de Chile, un hincha de Deportes Melipilla,

Eduardo Peñailillo.


Esta es una "coproducción" con "Las aventuras y desventuras de Deportes Melipilla"

Saludos,

S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.

lunes, octubre 02, 2006

Rueda el lapiz, rueda, rueda.

Dar una prueba oral no es un asunto fácil, pienso, mientras trato, al igual que mis compañeros que sentados en las bancas revisan sus apuntes, de retener cantidades ingentes de información que es absolutamente imposible que pudiéramos retener en diez minutos, aunque seguramente pagaríamos si alguien nos prometiera que es capaz de, por decirlo de un modo, hacernos "tragar" esas hojas de papel llenas de apuntes, y los artículos acumulados en esas rumas de fotocopias de la cual sólo hay cuatro ejemplares de cada una y hay que pelearlas antes de que otro se la lleve con anticipación. Pero no es posible, y allí estamos. Esperando que el verdugo nos corte la cabeza, por hacer una analogía.

Como el ser humano suele ser un ser (valga la redundancia) incapaz de quedarse callado, especialmente luego de sufrir una importante acumulación de sentimientos, la salida de las primeras víctimas resulta ser algo que desazona. La delegada, la que encabeza al curso para cualquier actividad o alguno de los siempre existentes llamados a paro o manifestación, sale en un estado cercano a la histeria, desenfunda su celular, y se desahoga en público y en privado, gritando con la voz quebrada que sabía las respuestas de las preguntas realizadas a los otros que cruzaron el umbral de lo que normalmente es una sala, pero ahora se ha convertido en una sala de tortura, junto a ella; que el único artículo que no leyó era el dedicado a una tal "mica", palabra que no me suena, pienso, mientras me he aburrido de mirar tantas veces los mismos apuntes y he decidido ponerme estoico para mis asuntos, para que las clases de Filosofía Medieval me sirvan de algo: Las preguntas que me harán, dos, serán de artículos que no he podido leer debido a la escasez de dossieres, por lo cual me plantarán un lindo uno como nota, y no habrá mucho que hacerle. Estoicismo, me repito, como para convencerme; como el pesimismo ha funcionado en otras tantas ocasiones.

Poco a poco van saliendo los otros dolientes de esta ocasión, con miradas cabizbajas, pocas palabras, y expresión resignada. Pregunto si se ha sabido de alguien que le haya doblado la mano al destino, o mejor dicho, a las preguntas del verdugo de turno, que en la primera clase nos dijo que no había que tenerle miedo, pero que en las pruebas orales a sus alumnos solía irles mal. Una, me responden. Una. Más que apostar a las probabilidades de emularla, sigo apostando al estoicismo resignado, porque sé que no aprenderé ni recordaré las características de la cerámica Molle en los breves o largos instantes que me queden. De pronto, con esa sonrisa levemente satisfecha y con un toque de sadismo como con la que salen los dentistas a buscar a sus pacientes, él, ese profesor que el resto de los días miramos para abajo por su porte y que ahora se ha convertido en un gigante infranqueable, Esfinge ante la cual no somos ningunos Teseo, sale a buscar nuevas víctimas. Algunos y algunas toman sus mochilas, dispuestos a entrar. En un par de rostros se ve algo de optimismo, o unas risas que son de nervios. En otros, el ceño fruncido. "Falta uno", dice, y yo, que he tratado de mantenerme con calma todo este momento que hace que a cualquiera se le hiele un poco la sangre, miro al resto, y nadie se levanta. Nadie se levanta. Resignación, me digo. Acabemos con esto, mientras cierro la mochila para entrar, último gladiador de los que saludarán al César en esta lid, y saco como única arma, cual tridente, un lápiz. Un lápiz, sí. Un pequeño truco que me han recomendado. Y no como para anotarme las respuestas en la mano. Si ante una prueba oral no hay torpedo que valga.

Le sigo por el breve pasillo, y me uno a la fila de trémulos y nerviosos que, sentados, aguardan "un golpe de suerte", como aquella canción de Lucho Jara decía. Ya sabrán, sabremos, si nos tocará bailar con la fea o nos luciremos en la pista. Mientras pregunta los nombres aprovecho de practicar con el lápiz, que tiene una sola utilidad para mi persona. Hacerlo rodar. Lo he traído sólo para hacerlo rodar con las manos, para con ese paso de un lado al mismo lado, en espiral y círculo infinito, yo desenredarme y distenderme, si eso es posible. Lo siento pasar entre mis dedos pulgar e índice, pasando como si fuera lo único que pasara en el momento, como si fuera un vientecillo que sale no sé de dónde, marcando un tiempo distinto al de los segundos, distinto al tic-tac del reloj. En medio de esa sensación pregunta mi nombre. Se lo digo, con esa vocecilla media aguda que jamás me haría ganar un concurso para locutor radiofónico. "Peñailillo", repite él, y, como toda esa gente, como la mayoría de la gente, como el papá de mi amigo, lanza una anécdota que cree divertida, señalando que tenía una compañera en la básica con ese apellido, a la que le decían "Peñagrillo". Se ríe levemente, yo invento algo de risa. Alguna vez también me dijeron así. La gente suele tener problemas con mi apellido, y otros así. Pasado. No dejo que el recuerdo me turbe. Hago rodar el lápiz un poco más.

Comienzan las preguntas. El primero en responder esboza una respuesta, a tropezones, pero logra algo coherente. Un cinco, premio a algunas gotas de sudor que le corren desde los cabellos. Siguiente pregunta, y es una de un artículo que leí y ya no recuerdo. Un gordito parece que también pasó raudo por aquel documento no muy útil; no la sabe. Luego una niña que suele saludarme, y que usa lo que ella llama "lentes de topo". Tampoco lo logra. Yo no sería la excepción, si me toca a mi, pienso, y hago rodar el lápiz velozmente; ansiedad, que alguien conteste, yo no lo sé. Le sigue alguien que no tiene buen antecedente. "No entregaste el trabajo", le señala el profesor. El tipo no intenta esbozar excusas. Ya, la misma pregunta. Y sabe. Algo sabe. Sí, algo sabe, la intensidad de mis giros disminuye y vuelve a ese ritmo de Rosario que ha adquirido mientras le escucho hablar del weichafe y dar detalles que, por supuesto, no recordaba en ningún lugar de mi memoria.

Termina, habiendo convencido relativamente al profesor, y yo miro al lápiz girar, girar y girar. Sigue otro, que da una respuesta no muy clara a su pregunta. Luego la niña que está a mi lado. Está nerviosa, se le nota en la voz, y no quiero mirarla. Allí está el lápiz, proporcionándome la distracción necesaria, desviando mi atención con su paso por las yemas de mis dedos, yemas de mis dedos, pienso, mientras ella va lanzando ideas, algunas correctas, otras que no tienen nada que ver con la Cultura Llo-Lleo, y el profesor le dice que esté calmadita, que no se ponga nerviosa, y ella traga saliva, vuelve a la carga, pero no pasa mucho sin que vuelva a confundirse. Yo muevo la cabeza, como diciendo para mis adentros que eso no, que no es Llo-Lleo, que es Molle, y miro la tapa del lápiz. Ella termina, y yo levanto la cabeza, sin dejar de girar ese artilugio que ha logrado desviar mi atención de los nervios y de aquella cabeza calva que me mira, y a la que yo miro con cierta tranquilidad y un dejo de sonrisa, y me pide que le hable sobre Aconcagua.

Aconcagua. Me tomo un momento de reposo, dos giros adelante y dos atrás al lápiz negro que me acompaña, para señalar un "es como" que me hace ganar una reprimenda por usar una muletilla. Otro giro al lápiz, para la seguridad, y lo cambio por un "es", porque es PIT en Chile Central, y me mira con cara de "bien", y luego recuerdo la fechación exacta, que le saca una sonrisa al inquisidor al oírla, y después recuerdo la presencia de canales de regadío, que no hay arte rupestre, como decía Niemeyer, y hasta saco de mi memoria las categorías de cerámica y para que servían, recordando los pucos, y que pardo-alisado había sido "mirada a huevo" por su tosquedad, pero que era fundamental por su rol en la cocción de alimentos. Me detengo. "Partiste como caballo inglés", me dice; me acuerdo del Potro, un potro que pocos conocen, y me dice que siga. Recuerdo dos o tres cosas más. "¿Algo más?", pregunta. Hago rodar el lápiz con chasquidos inaudibles, a ver si el ritmo me da otra respuesta más. Nada más. Espero, mira la hoja, y dice "un seis...". No escucho lo que sigue. Un seis, sea el número que le siga, es más de lo que hubiera esperado.

Segunda ronda de preguntas. El cinco se le troca en un dos al primero de los interrogados, porque apenas es capaz de responder una o dos palabras con respecto a lo que se le pregunta. Mi cuenta de oración con forma de lápiz va pasando lentamente entre mis dedos, y luego de escuchar ese número de cuatro letras ya puedo acompañarla mentalmente con algo de música, y ya no "Boxers", porque aunque me den un nocaut en la última pregunta, al menos gané un round. Se retira el primer contendor, y nuestro verdugo saca de bajo la manga un as que había cortado varias cabezas en la ronda anterior. Pregunta por una tal "maca". El gordito se ríe de nervios, y no sabe. Un uno. La niña de las gafas tampoco sabe, e intenta articular una excusa sobre una licencia que nadie logra comprender bien. No le sirve, claro. Ya queda menos gente en esa sala, y el que no entregó el trabajo vuelve a saber. Y cuando dice "Inca", sé que no es con "c", que el asunto se llama "makka", y que si nuestro interrogador hubiera dicho "aríbalo" probablemente alguno de los anteriores interrogados hubiera podido dar con la respuesta. Da bastantes detalles el muchacho, mientras yo me tomo la cara y abro la boca con expresión de "lo recuerdo todo", como si me hubieran reimplantado la memoria, y luego vuelvo al lápiz, pensando en que esa pregunta no será para mi, mientras él se salta algunos detalles que hacen que saque un cuatro y tanto, y la falta del trabajo no le da una buena nota, pero se gana el calificativo de "inteligente" del profesor. Tiene un buen atenuante, sin embargo. No ha de ser fácil hacer una tesis de Sociología tratando al mismo tiempo de estudiar para un ramo como este, de artículos arqueológicos, tembetás y cerámicas de incisiones reticuladas.

Quedamos tres. Uno se va con una respuesta más bien mala, y una nota correspondiente a aquello. Luego, la niña otra vez, y para que la corriente de los nervios, los nervios que no se me han desatado y han sido incapaces de hacerme temblar las piernas, como tantas veces, en interpretaciones de flauta y terminales infinitos, los voy echando con el molino que es mi lápiz y sus giros; fuerza suficiente como para expulsarlos en un canal de tranquilidad que los estoicos esos en que pensaba hace un rato envidiarían, y que no tiene la niña que está a mi lado, que esta vez responde más conclusiones que claridades, y está a punto de quebrarse, y el profesor le dice que se calme, y que esta vez su respuesta no da para una buena nota. Se retira, conteniéndose como puede. Irá al baño, supongo.

"Estamos solos", pienso, y eso me da risa para mis adentros. Afuera Pablo mira, ansioso porque le tocará a él, pero se permite hacerme un gesto de ánimo, que agradezco a la vez que trato de evitar, porque me desconcentra del ritmo del lápiz, que ha rodado y rodado durante estos minutos indeterminados de interrogación; tabla de salvación de este náufrago. Última pregunta, y luego de algunos comentarios, el inquisidor se da a la tarea de pensar qué preguntarle a este muchacho. Háblame del sistema de filiación mapuche. Y de mi boca pareciera salir un cuento, cuando me oigo decir "Todo comenzó cuando José Toribio Medina..." y luego recuerdo la controversia Latcham-Guevara, y la corriente, esa corriente fuerte y a la vez con tan pocas turbulencias que ha hecho fluir ese molino activado por mis manos en aguas invisibles, saca a flote el conteo de los indios de la Isla Mocha, y Silva, y la doble filiación, el cuga y el laku. ¿Algo más?, escucho decir otra vez. No, no hay más.

"Faltaron algunos detalles del artículo de Silva, pero está bien". Un 6,4 me dice, y, paradojas del destino, el trabajo me lo baja a un 6,1. "Así es la vida", pienso, aún sin convencerme tanto de que esa misma existencia me haya traído una nota así en una prueba como esa, como que aquellos giros hayan contenido mi pseudo-parkinson que suele desatarse en ocasiones mucho más baladí que esta. Le hago un par de consultas, me dice que haga pasar a quienes falten, y salgo. Me preguntan uno o dos como me fue. Me fue bien, ¿qué otra cosa podría decir?, y a sus caras que siguen con expresión interrogante les detallo que fue un seis uno. Entran todos, porque no quedan más, salvo el del pulgar levantado, que deban enfrentarlo con el discurso; ahora han de explayarse sobre el papel. Les dejo enfrentarse a sus propios leones, y yo bajo la escalera como corre por las escaleras la niña que va a recibir a su enamorado, con una sonrisa indisimulable, y aún siento el girar, el buen girar, el salvador girar de aquel lápiz entre mis dedos, que fue más que un simple lápiz, pienso, mientras me digo mi mismo que le he doblado la mano, y eso me hace reír en silencio, y me da ganas de contárselo a alguien.

(Cualquier similitud con la realidad... No es coincidencia.)

Saludos,

S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.