miércoles, mayo 31, 2006
¿Por qué no salimos un año después?
En todo caso, creo que hasta yo habría entrado a una toma si estuviera aún visitendo el vestón bajo el abrigo, como en tantos días de invierno.
Y aquí me disculparán, estimados lectores y estimadas lectoras, que me dirija especialmente a aquellos que el 2005 lagrimeamos en nuestras licenciaturas y cenas de gala.
¡No se atrevan a discutirme que se nos queman las manos, que nos carcomen las ganas de ser aún pingüinos y estar embarcados en este movimiento que nos ha remecido a todos!
Ante algo que la prensa se ha visto obligada de catalogar como "gesta" y "corajudo", que por todos es visto como un movimiento justo, que causa simpatía y apoyo desde los profes hasta el lustrabotas, de un movimiento que nos causa orgullo y admiración; porque eso es lo que me pasa a mi cuando paso fuera de un colegio, cuando vi a mi señorita novia escalar el muro de su liceo... No puede sino remecerse el espíritu, agitarse el ánimo, elevarse una sonrisa, y todos esos afectos acumulados en el pecho pensar y hasta desear en estar allí, en formar parte de esto aunque fuera barriendo el Patio de Honor. Ciertamente que desde nuestra posición de universitarios algo hacemos (creo) y también nos mostramos "en apoyo de". Pero no es lo mismo.
En estas noches frías, seguro que por nuestros sueños ha pasado la pregunta de "¿Por qué no salimos un año después?" No estaríamos preocupados (todavía) de la siguiente cuota o del crédito de la universidad, seguiríamos poniéndonos corbatas al cuello, y seguramente estaríamos comiendo tallarines todos estos días, pero los tallarines nos sabrían a gloria, porque pucha que sonreiríamos de tener la oportunidad de retroceder el reloj 365 días.
(Y hablando de tallarines, seguro que Carozzi y Lucchetti tendrán que hacer mucha publicidad para reencantar a un público que se va a hartar de las pastas. Pero eso es harina de otro costal.)
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
martes, mayo 30, 2006
¿Quién controla a los destinados a mantener el control?
Hagamos un breve recuento de los hechos conocidos hoy, los que están más claros. Por la mañana, arremetida de carros lanzaaguas y fuerzas policiales en la zona del Liceo de Aplicación, donde hace días se han congregado estudiantes secundarios en paz, y hoy no era la excepción. En Maipú, por enésimo día, Carabineros detenía a los secundarios de la comuna del abrazo en el paradero 7, pero esta vez contraviniendo tanto las normas mínimas que justifican detener a alguien (caso de las subidas a buses para detener estudiantes que trataban de llegar al centro con el acto tan simple de tomar micro), como contraviniendo normas jurídicas básicas, ingresando a propiedades para detener estudiantes, cosa que, como es sabida por la mayoría, sólo se puede hacer con la autorización del propietario.
Más tarde, bajo la justificación de la "no autorización" (señor Andrés Zaldivar, ¿recuerda usted cuando la policía le disolvía sus mitines "no autorizados"?), disolución violentísima de manifestaciones de caracter más bien pacífico en la zona céntrica. Los incidentes posteriores sí que ameritaban una intervención firme. Y sin embargo, Carabineros, las mismas Fuerzas Especiales, se vieron absolutamente sobrepasadas e incapaces de mantener un mínimo de orden en las afueras de la Biblioteca Nacional, calma que, estoy seguro, sólo volvió cuando los manifestantes que tomaron lo que encontraron para hacer barricadas, cargar contra los vehículos policiales, y arrasar con la señalética; se acordaron de que tenían hambre y se fueron a casa a por un emparedado. Si no es por eso, seguiría el centro bajo el ruido de sirenas inútiles.
Pero sí fueron capaces, y mucho, de una brutalidad absoluta pateando periodistas (con todo lo que podamos discutirle a la profesión aquella, señor Sandoval), como en los viejos tiempos. Y lo supo todo el país. (Y ojalá también el mundo exterior... Sobre este tema, no me queda si no rescatar las reacciones firmes tanto de N. Mosciatti en Radio Bio Bío, como de A. Guiller en Chilevisión) Para eso sí hay fuerza, hay capacidad, y hay voluntad. No para llevarse a la comisaría siquiera a un encapuchado. (Eso, en el caso de que no ocurra, como se ha deslizado la tesis, que hay fuerzas policiales actuando infiltradas en las manifestaciones, precisamente como violentistas. Caso en el cual todo tiene explicación: ¿Cómo se van a llevar detenidos a sus propios compañeros?)
Entonces es legítimo preguntarse varias cosas.
En primer lugar, ¿qué tan efectivas resultan nuestras fuerzas policiales? Porque si han sido incapaces, INCAPACES, de restablecer el orden ante grupos de encapuchados, en la misma cuadra, al menos dos veces en un mes; Dios me libre de ponerme al resguardo de esa policía. Como mínimo, son lo suficientemente poco inteligentes como para tropezar dos veces en la misma piedra.
En segundo lugar, ¿qué control se tiene de estas fuerzas? Me imagino que no salen por si mismas a la calle, que hay una orden que se da en ese sentido. Y cuando se les saca, ¿hay un verdadero control de su accionar? No es la primera vez que estos excesos se producen. No es la primera vez que vemos violencia flagrante de estas fuerzas, ni es la primera vez que se señala que andan dopados por las calles. ¿Se les controla realmente? ¿Hay una capacidad de detenerlos cuando se les saca a la calle, o son una especie de fanáticos a los cuales cuando se les activa hay que esperar a que se les acabe la cuerda?
¿Y qué control son capaces de mantener estas fuerzas? Porque claro, son bastante efectivas como para mojar mnanifestantes pacíficos y llenar de tóxicos nuestro ya contaminado aire. Sin embargo, no hacen retroceder ni a un par de pelagatos lanzando piedras. Ese simple hecho ya muestra su escasa efectividad para el que supuestamente es su objetivo: Actuar en situaciones de emergencia, de violencia descontrolada, para reestablecer el orden con prontitud. (Si alguien le llama prontitud a que sólo después de 5 horas hayan cesado los disturbios en la Biblioteca Nacional, tiene un poco errado su concepto de "tiempo")
Pero, estimado lector, no se quede usted en el simplismo y descargue su rabia única y exclusivamente con el paco vestido de "Tortuga Ninja" que vea mañana. Yo haré un esfuerzo en creer en su sagacidad e inteligencia, y le llamo a ir un poco más allá.
¿El Alto Mando de Carabineros es capaz de controlar a sus Fuerzas Especiales? El generalato ha dicho que no tolerarán excesos de este tipo, sin embargo, los tenemos aquí una vez más. Insisto, ¿tienen un real control sobre las que debieran ser sus fuerzas de elite?
¿El Intendente de la Región Metropolitana tiene una verdadera coordinación, una verdadera capacidad de encauzar o de al menos saber hacia dónde va el actuar de Carabineros? Más allá de que se llame Barrueto o Trivelli. Porque si llama a la fuerza policial a reestablecer el orden en la ciudad, suponemos que sabrá de qué manera esto se llevará a cabo.
¿El Ministro del Interior, quien se supone debería ser la autoridad máxima en estos asuntos, tiene un real control sobre las Fuerzas Especiales y Carabineros? ¿Tiene el verdadero poder de hacer que se cumplan sus órdenes y no haya excesos en el actuar real?
Porque después de lo de hoy sólo me quedan dos lecturas:
O hay un real control de las fuerzas, y entonces, son estos responsables los responsables (valga la redundancia) de estos excesos, de estas ilegalidades, y por lo cual lo menos que cabría de esperar de ellos es que respondieran por sus actos reñidos a la ley...
O no son capaces de controlar a esta parte de nuestra policía, se les va de las manos el actuar en estas situaciones, y son unos pelotudos por dejarse pasar a llevar.
Y ambas situaciones son una vergüenza y un peligro.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
P.S.: (31-05-2006) Parece que el General Bernales anduvo leyendo este blog. PLR para el prefecto y el subprefecto de Fuerzas Especiales, dependiente de la Zona Metropolitana Oeste de Carabineros de Chile. En todo caso, ellos son sólo la punta del iceberg de problemáticas que subyacen bajo estos hechos. No se deje engañar.)
jueves, mayo 18, 2006
Yo quiero Plaza de Armas.
Conchalí, el lugar donde vivo, no tiene Plaza de Armas, al igual que la mayoría de las comunas de Santiago. Por idea de algún "iluminado" del municipio se ha estado construyendo una "Plaza Cívica" (muy ad-hoc con nuestros tiempos de "gobierno ciudadano" y "sociedad civil"... Palabras, palabras, apalbras; como decía la canción.) en una esquina donde antes había una plaza común y corriente en la cual además se ubicaba una sede del Club de Leones (sí, esa organización que le da lentes a bajo precio o gratis a los viejitos... Sinceramente no sé qué otro atributo rescatarle, ya que no conozco la organización) y creo que además estaba la biblioteca municipal. Muy en el estilo actual, la mayor parte de la plaza es cemento y baldosa, en detrimento de los árboles y el pasto, cual paseo peatonal, como queriendo reflotar el "Paseo La Cañadilla" que se realizó entre la Municipalidad y la intersección de las Avenidas Independencia y Dorsal.
Esa clase de plazas no me gustan.
Quienes hayan asistido a la celebración de mi cumpleaños número 18 recordarán que frente a la casa de mi abuela había una plaza, elogiada por todos ustedes, en la que pudieron ver largas hileras de ladrillos a modo de bancas, algunos juegos, pasto a medio cuidar, y maicillo en el resto del terreno, porque hubo dinero para cubrir la tierra; pero a una plaza escondida no se le pone pavimento. Si bien viví años frente a esa plaza, mi relación con esas plazas de población tampoco es tan perfecta. (Y no sólo porque en uno de sus costados me haya mordido un perro.)
A mi me gustan las Plazas de Armas.
Pensando en mi último paseo solitario (mi madre me ha dicho que no viaje solo, pero yo, más que el ser desobediente, necesito mis paseos en soledad, y a veces que sean fuera de los límites de las líneas de Metro) reflexionaba acerca de los viajes que he podido acometer en mi existencia, más allá de que nunca haya salido del país y todo eso. Y por supuesto, en aquella salida mía terminé en una Plaza de Armas: la de Buin. Y hoy sacaba la cuenta de cuántas conozco. Dentro de los límites de la ciudad de Santiago, sólo la de la propia ciudad, que no quedó muy bien luego de su última renovación (por no decir que apenas parece plaza) y llena de bullicio como Santiago es, donde quizás su única ventaja es poder observar a los fotógrafos que sobreviven con un "ponys" artificiales quién sabe cómo (y estoy casi seguro que los disfrazan de Renos en Navidad) y a uno que otro predicador evangélico.
Quilicura, San Bernardo y Puente Alto, que no hasta hace mucho eran localidades separadas de Santiago, tienen sus Plazas de Armas. La de Quilicura tiene mala reputación. La de Puente Alto es un desastre aún peor que la de Santiago; un desierto urbano luego de la construcción de la Línea 4 del Metro, que destrozó a una plaza que, por mis vagos recuerdos, no era una mala plaza. Clara condición del cambio de "ciudad de provincia" a "ciudad dormitorio". La que no he mencionado hasta ahora, y quizás la que más se conserva como una Plaza de Armas típica, es la de San Bernardo, lugar que aún conserva algo de ese ritmo lento y esa organización provinciana que tienen las Plazas de Armas, sin que la presencia de un supermercado "San Francisco" afecte mucho aquello. Es la que me más me gusta de las tres.
Puerto Montt tiene una Plaza de Armas a medio camino entre las "encementadas" y las "típicas", pero al menos esa quedó bien, a pesar de tener los espacios de pasto ausentes, pero la vista del mar la favorece, y el frío. La Serena tiene una Plaza de Armas que se ve inmensa, y que está en extremo limpia (con decir que sólo hallé un par de colillas de cigarros, y ningún boleto de micro... En realidad, no encontré ningún boleto de micro en toda la ciudad.), a lo que además ayuda el aspecto colonial - neocolonial que ofrece buena parte de los edificios que la rodean. A la de Concepción la ví mientras estaban trabajando en ella. Y en la de Temuco era de noche, pero tenía muchas estatuas y una especie de museo o galería que me llamaron la atención.
Son entonces las de las localidades cercanas a Santiago las que más me llaman la atención. Dejando de lado a la ya mencionada de San Bernardo (que además tuve la posilibidad de ver desde las alturas, gracias a Felipe Zaldivia ), conozco la de Lampa, una plaza en la que por entonces había una feria deprimida, y la cual era concurrida aquel domingo por sus jóvenes (al aprecer, no había panorama mejor en el lugar que sentarse en el pasto de la plaza y conversar) y sus "canutos" que marchaban cantando por las calles; la de Talagante, que tiene la particularidad de ser redonda, y a la cual miro con mucho cariño (en la cual, además, han ocurrido accidentes estrambóticos que han sido aún más espectaculares producto de esa configuración de la plaza); la de Melipilla, sí, la misma donde colocan un letrero de Deportes Melipilla anunciando el partido que jugará el club; y la mencionada ya de Buin, en la cual un señor había instalado un vivero en un costado de la plaza, y en la que me senté a degustar un pastel de manzana mientras leía una fotocopia tan vieja como los años en que mi padre no se veía al borde del infarto producto de las bombas lacrimógenas.
¿Qué tienen las Plazas de Armas? Tanta descripción y aún no respondo la pregunta. Por ser lo que son, y también por cómo están hechas (es cosa de fijarse que en la gran mayoría de ellas sus "senderos peatonales" confluyen en un centro), son elementos confluyentes. Todo (y todos) parecen pasar por ella; la vida pareciera transcurrir entre niños que las recorren en bicicletas con rueditas, abuelos que no tienen nada mejor que hacer que irse a sentar en ellas, vendedores de carritos que apuestan a venderle tanto a paseantes como sentados, y uno que otro visitante desconocido que cree que sentándose en una de sus bancas de color generalmente verde oscuro lo va a comprender todo, o al menos va aencontrar una respuesta, de una simple mirada desde su puesto de avanzada a todo lo que transcurre. Porque a veces no hay cosa mejor que rodearlas, rodear sus baldosas interminables que cubren los costados, y sentir que todo es un camino que avanza tanto como retrocede, que se parece y es distinto a la vez.
Mirar a su alrededor la Municipalidad y la Gobernación; la iglesia siempre en un costado con su cruz elevada vigilando un lugar que la mayor parte del tiempo no tiene edificios altos que le compitan en alcanzar el cielo. En más de una, oh idea afortunada, un colegio donde los muchachitos y muchachitas saldrán a eso de las cinco de la tarde a correr y a gritar, y a gastar su dinero en comprar papas fritas aceitosas ante las cuales no les importará que los modales digan que no hay que hablar con la boca llena; y todo ello estará bien. Los colectivos pasando por el costado esperando llevar a sus pasajeros cansados de bucolismo. Los árboles mirándolo todo pasar, cómo siempre lo han hecho; comentándolo como lo hacen y hasta el día de hoy nadie se ha percatado de ello, porque le damos más importancia a la sombra que permite caer sobre el pasto o sobre una banca y sentir que el mundo se detiene en el lugar donde todo parece ir, donde todo parece venir; en lugares donde el eterno flujo es quizás lo que menos importa, y hasta se agradece que los buses deban circular (en algunos casos) una cuadra más allá.
Yo quiero Plaza de Armas.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
viernes, abril 14, 2006
Gracias, Señor, por venir a visitarnos.
La población Irene Frei no es precisamente "un lugar para vivir", como rezaba un antiguo lema municipal de Conchalí. Quizás sólo la zona de "La Chimba", en el extremo suroriente de la comuna, o uno que otro sector aislado, son peores. Es un lugar no muy extenso territorialmente, de casas bajas de madera, pasajes intrincados, grupos de gente en las noches, tanto hombres maduros al calor de un fuego encendido con lo que encontraron como jóvenes con los que preferirías no cruzarte en la misma vereda. Enclavada entre algunas poblaciones de mejor pasar, a su entrada hay un pequeño templo evangélico y una cancha de cemento donde juega el club de la población. Narcotráfico, hay, aunque sea "micro". Violencia, también.
El lugar que les he mencionado está dentro del territorio de la Parroquia Nuestra Señora del Olivo, de la cual soy feligrés, y más específicamente dentro del territorio de la sede parroquial. Si me adentro en mis recuerdos de infancia puedo rememorar que, cada año, el Vía Crucis de la sede parroquial recorría esta población. Pero hace varios años ya que había dejado de hacerlo.
Este año el Vía Crucis comenzó al revés. Siempre sale hacia el sur (al menos en los últimos años), pero ahora tomó rumbo norte. Lo que no varió fueron los típicos problemas de audio, que en las capillas no existen ya que allí toman un megáfono y solucionan el problema. Nada anormal, sin embargo, hasta que la procesión llegó a avenida Independencia y no turnó hacia el poniente (o sea, hacia la parroquia), sino que luego de pasar por el Colegio San Martín, (al lado de mi primer colegio, y frente al supermercado Líder) tomó rumbo oriente. Y luego en Nueva Central dobló al norte. Cuando se detuvo en la Villa San Pedro, otro lugar que no recibía la visita del Vía Crucis hace años, una población enrejada, de casas de ladrillos rojos, cerca de la población que nos convoca, parecía que sería el fin de la expedición por el sector oriental de la parroquia. Pero no fue así. La cruz y quienes le seguíamos llegamos a la esquina que da entrada a la Población Irene Frei.
La camioneta con el parlante se quedó en la esquina. La procesión se adentró por la calle principal de la población, mientras quienes jugaban en la cancha de cemento se detuvieron un momento a observar el acontecimiento. Entrando, levanté la mirada, y entre dos hojas de palma un gran letrero decía "Gracias, Señor, por venir a recibirnos". Entonces comprendí, o creí comprender, que allí debíamos estar, que allí debíamos ir, aunque fuese un instante; y me alegré de estar allí, luego de tanto tiempo. Entre el recelo de algunos y el canto de "Amor, amor, amor, amor, hermanos míos, Dios es amor..." se llegó al final de la calle principal, donde había montada una estación del Vía Crucis. Alguna gente salía a mirar, y otros que sabían de dónde veníamos lo comentaban. Luego procedimos a dar una vuelta por los pasajes, que estaban con velas en sus calzadas. La gente salía a las puertas de las casas a observar, y algunos de ellos aprecían contentos. Quizás el momento donde la gente más cantó fue aquel recorrido, mientras avanzábamos entre los hombres reunidos alrededor de un fuego, los ebrios y los jóvenes. Otra estación esperaba a la entrada de la población, mientras mi tía María le decía a alguien que las veces que el Vía Crucis había pasado por allí no había ocurrido nada, y así fue también esta vez. Minutos después, acompañados por el parlante que funcionaba muy de tanto en tanto, la procesión y los rezos nos retiramos camino de la parroquia, mientras una señora apoyada en un carro donde cargaba objetivos varios nos obervaba.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
jueves, abril 13, 2006
Tú obras de maneras extrañas.
Sí, un cura, un sacerdote. Mi catolicismo de discutible calidad, pero al que al fin y al cabo adscribo, demandaba una limpieza de alma por estos días, no sólo por un tema de cumplir con los días santos y sus ritos, sino porque se me habían acumulado bastantes cosas en el interior. Así pues, me veía enfrentado a la tarea de buscar un lugar con confesores disponibles. Tarea que no es tan fácil como parece. La escasez de "hombres de Dios" hace un poco complicado encontrar algunos de ellos disponibles a escuchar problemas y pecados varios, y si bien el centro de Santiago es el lugar más factible para encontrar alguno, hasta allí hay sólo ciertos horarios en los cuales atienden. Dirigí mis pasos hacia otro lugar de mis recuerdos de mañanas deinfancia junto a mi abuela: El templo de Santo Domingo. Admito que me asombré al entrar. Una cantidad de gente que jamás imaginé, y que por los más diversos motivos se hallaba allí. Ni en misa de Navidad ese templo congrega tanta gente. Bingo, había cura atendiendo para la confesión. Pero uno solo. Y había dos filas ante el confesionario. Bueno, ya estaba allí. Me puse a la fila en espera de que esta avanzara y llegar al recinto de madera donde se escondía el cura de turno. La hora avanzaba, y mientras, una señora de extraña voz se subía al ambón (especie de tribuna donde se leen las lecturas de la misa) para rezar el Rosario. Estábamos en eso, cuando un cura de edad considerable y acento español imposible de disimular dice "tres más y me voy". Desazón entre los que estábamos esperando, que eramos como cinco, aparte de los "tres más". De todos modos seguimos esperando, a ver qué ocurría. Lo que ocurrió fue que confesó tres más y se retiró sin mirar a nadie. Las señoras que esperaban tras mio comenzaron a hablar; una de ellas señalando que ya en otro templo le había pasado lo mismo. Yo, por mi parte, si bien el ir cada semana a un grupo dirigido por un cura me hace comprender lo ocupados que están, no pude dejar de pensar "un cura de verdad atiende a los pocos que quedaban" y "quizás debería esperar a otro momento".
Salí de ese lugar, pensando que quizás necesitaba yo un cura joven; que vez que me confesaba con un cura de edad no me decía nada, y me mandaba a puro decir unas oraciones. El hambre me motivó a ir a Tarragona en pos de una crujiente empanada jamón-queso, luego de haber pasado por el Correo Central donde, para risa de una de las dos encargadas de la oficina de Filatelia, que ya me conoce, no pude resistir comprarme las estampillas del Castillo Wulff. Luego decidí pasar a la Catedral, a ver si allí tenía mayor suerte. En las afueras había una aglomeración de curas, comandados por el vicario dela Zona Centro, ex vicario de la Zona Norte (en la cual vivo). Entré. Como siempre, había bastante gente. Además, estaba lleno de focos como los que usan en los estudios de televisión, probablemente paratransmitir alguna misa o ceremonia. En medio del trajín de todos quienesiban y venían, había curas confesando. Me puse a esperar a uno entonces. Tras mio se pusieron dos señoras, una de ellas brasileña, que buscaba a su hijo. Primera sorpresa: El sacerdote en cuestión no atendía por el costado al "penitente", como es lo típico, sino que de frente, mirándose los rostros.
Bien, llegó mi turno. Una voz de acento italiano salida de un calvo sacerdote que llevaba lentes me preguntó mi nombre. Sin entrar en detalles de lo dicho, puedo señalar que la mano invisible de la divinidad me llevó al lugar indicado, y quizás a una de las respuestas que buscaba. Todo esto para llegar a la conclusión de que mi creencia meta-terrenal en Dios se afirma más que en hechos espectaculares o en simple dogma, en pequeñas intervenciones y pequeños regalos de días anónimamente agradables como este. (ver http://www.fotolog.com/elpoleno)
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
miércoles, marzo 29, 2006
Día del joven combatiente.
Yo sabía de la existencia de este llamado "Día del Joven Combatiente", algún vago recuerdo tenía de informaciones de otros años, pero en realidad no tenía idea del día, y sólo una leve idea de la causa de este supuesto recordatorio. La existencia de esta fecha se me hizo más cercana al escuchar el otro día conversar a unos sujetos que estudian la misma carrera que yo en la universidad, todos autodeclarados "de izquierda", supongo. Pues bien, en algún momento de su conversación salió a colación el tema del "Día del Joven Combatiente", y uno de ellos dijo: "El Día del Joven Combatiente es un día donde los jóvenes recuerdan a los hermanos... (no recuerdo el apellido) y salen a las poblaciones a dejar la cagá". Confieso haberme tragado el "imbécil" para no decírselo. Teniendo en cuenta que, según lo expresado durante la conversación, no estaba yo ante un "muchacho de población", quizás sea aquello excusa para una aseveración tan ilusa. Me atrevo a decir, sin temor a equivocarme, que puedo contar con los dedos las poblaciones en las cuales hay manifestaciones a causa, supuestamente, de este recuerdo. Y, también creyendo estar en lo correcto, podría asegurar que son muy pocos los que saben que se "recuerda" hoy.
Quizás el lugar donde tiene algún sentido recordar este día es el que todos los años se muestra en las noticias: la Villa Francia. Y creo no equivocarme al postular que hay otra clase de "recuerdos" que se desarrollan en esa población en esta fecha, aparte de las barricadas y los disparos, que son lo único que los medios de comunicación masiva cubren. Ahora bien, en el resto de los lugares donde ocurren manifestaciones, desde el Pedagógico a la Usach, pasando por las cercanías de mi casa, mi sincera opinión es que se trata de puro "hueveo", de puro salir a tontear un rato, a cortar la calle y a tirar unas piedras; a salir a malgastar el tiempo por nada y a joderse a gente que no tiene nada que ver en el asunto. Los cortes de luz y de calles eran una manera de demostrar al regimen de Pinochet que no tenía el control de la situación, que el "orden" que decía querer implantar se podía subvertir. ¿Es ese el objetivo ahora? Ojalá se pudiera decir que hay un objetivo en estas acciones, pero no lo hay, son cualquier cosa.
Además, eso de "Día del Joven Combatiente"... ¿Combaten qué, por favor? ¿La injusticia? Sigo viendo los mismos pobres en las calles, las mismas casas mal hechas, las mismas aglomeraciones matinales en los hospitales, y no creo que una barricada las vaya a solucionar. ¿El sistema? Dejen de comprar ropa de la República Popular China y computadores con Windows; que eso será un arma más eficaz que sus perdigones hechizos. ¿Combatir al gobierno? Ni el "chico" Zaldivar tiembla porque ponen una bomba de ruido en La Pincoya. Serían más efectivos si la pusieran afuera de la sede central de los supermercados Líder, por ejemplo; pero no tienen ni estrategia, ni objetivo, ni sentido, ni nada. Es sólo un tontear por tontear.
Y ahora los autos y microbuses que pasan por Independencia están siendo desviados por la pésima calle en la que vivo porque algún imbécil tuvo la idea de prender algo a tres cuadras de casa.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
(Y no soy de derecha, aunque tenga tendencias gaullistas. xD)
martes, marzo 14, 2006
Gobernador de Chañaral.
Artículo 116:
En cada provincia existirá una gobernación que será un órgano territorialmente desconcentrado del intendente. Estará a cargo de un gobernador, quien será nombrado y removido libremente por el Presidente de la República.
Corresponde al gobernador ejercer, de acuerdo a las instrucciones del intendente, la supervigilancia de los servicios públicos existentes en la provincia. La ley determinará las atribuciones que podrá delegarle el intendente y las demás que le corresponden.
En cada provincia existirá un consejo económico y provincial de caracter consultivo. La ley orgánica constitucional respectiva determinará su composición, forma de designación de sus integrantes, atribuciones y funcionamiento.
Artículo 117:
Los gobernadores, en los casos y forma que determine la ley, podrán designar delegados para el ejercicio de sus facultades en una o más localidades.
Ahora bien, todo este lío me recordó una "frase al voleo" dicha por alguno de mis ex compañeros de la "generación I", durante mi estancia en el Instituto Nacional. (si no me equivoco, Johan Van der Molen) Que mi futuro político sería ser gobernador de Chañaral. Podeís imaginaros entonces, venerables lectores, de qué modo me embargó la emoción al saber que el cargo se encontraba vacante, y más encima por un tipo que rechazó el cargo porque le era más rentable quedarse trabajando en Copiapó. Pues bien, ¡yo quiero el cargo de gobernador de Chañaral! Ante la avalancha de voluntarios, me ofrezco humildemente a asumir el cargo, con toda alegría. ¿Y por qué? Pues claro, por las ansias de poder indisimulables de quién escribe. No lo voy a ocultar, hasta aceptaría ser delegado municipal en Catapilco si me lo ofrecieran; pero claramente este cargo se ve con mucha más proyección, con mucho más futuro, y especialmente por mis propuestas para mi mandato provincial:
1. Aprovecharemos que algún día el Presidente Lagos se bañó en las playas de Chañaral para lanzar la campaña "Lagos lo recomienda: Ven a Chañaral". Si bien ya pasó la temporada, confiamos en que la popularidad del ex-mandatario incremente las visitas nacionales en un 5%.
2. Aprovechando el proceso de resurrección del tren implementaremos el servicio El Salvador-Diego de Almagro-Chañaral (MerChaña), con al menos 4 frecuencias diarias, y trenes restaurados. Se augura gran atractivo turístico. Financiado, claro, con las utilidades de EFE.
3. La provincia de Chañaral necesita identidad. Por ello, procederé en el primer mes de mi mandato a dar a nuestra provincia una bandera y un himno propio. Exigiremos a Correos Chile la creación de estampillas para Chañaral, las cuales serán del interés de los coleccionistas del mundo y permitirán financiar la creación del Palacio de la Gobernación. Por último, crearemos Radio Chañaral Internacional, emisora destinada a difundir Chañaral en el mundo y con emisiones en español, francés, árabe, serbocroata, tajiko, somalí, swahili, uigur y laosiano.
4. Ante la amenaza de cierre de El Salvador exigiremos al gobierno central la suspensión de esa medida, que podría dejar a la provincia sin un tercio de su población, y sin club de fútbol. Si el gobierno se niega a considerar nuestras peticiones convocaré a la huelga general como medida de presión. Y si aún así somos derrotados, demandaremos que, por lo menos, El Salvador sea declarado el Sewell del norte chileno.
5. El aeropuerto de El Salvador será declarado Aeropuerto Internacional "Hernán Rivera Letelier". Negociaremos la llegada de importantes aerolíneas, como Air Nauru, Aeroflot y Palestinian Airlines.
6. Pediremos al gobierno central que la primera central nuclear chilena se establezca en nuestra provincia. Para ello la provincia de Chañaral cuenta con inmejorables ubicaciones, sobretodo desérticas. Además, podría ser la oportunidad para crear una nueva ciudad que permitiera aumentar la población provincial y descongestionar Santiago. Y siempre podemos bautizarla como "Espringfield".
(Se aceptan sugerencias para más propuestas)
Estas son sólo muestras de cómo mi benéfico mandato permitiría a la provincia de Chañaral surgir. Por esto, ¡basta de cobardes que no quieren aceptar desafíos! ¡Basta de pusilánimes que buscan estos cargos sólo para descansar en un asiento y no hacen nada! Conozco la realidad de Chañaral, ¡y Chañaral necesita acción! Estoy esperando sólo la llamada para asumir, y no importa que no sea llamado ahora; sé que la ciudad de Chañaral seguirá esperando y me recibirá con los brazos abiertos cuando llegue a su terminal de buses, dispuesto a trabajar por una provincia a la que amaré como si de Melipilla o Polonia se tratase.
(Pero usted siempre puede ayudarme y escribirle a la Presidenta Michelle Bachelet que soy materia dispuesta para asumir el cargo, y así hacer feliz a la provincia referida, y por qué no, a mi mismo.)
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
lunes, marzo 06, 2006
Incendios.
Después de un largo viaje ida y vuelta a Estación Central para dejar a Lucy no alcancé a llegar a las noticias; o al menos no al comienzo de estas, como para ver las imágenes. (Reclame a Alsacia por las malas frecuencias de la 141 y la 630, y a los ineptos que tuvieron la "genial idea" de que todo el flujo de transportes de la Villa Los Libertadores, donde alguna vez viví, salga por el costado de Américo Vespucio; o sea, un auto podría estar allí perfectamente hasta las 10 de la noche esperando poder pasar.) Tampoco me "dio el cuero" como para ver las noticias de las doce; me quedé dormido antes. Sin embargo, gracias a la página web de Radio Cooperativa pude enterarme más menos de lo sucedido y hasta ver algunas imágenes del sorprendente desplome de la estructura de la entrada a este edificio.
¿A qué viene todo esto? Sucede que hay cosas que uno no se imaginaría que se queman, o cree que son incólumes a todo evento destructivo... Pensemos cómo habrá sido ver el 13 de septiembre de 1973 el Palacio de La Moneda destruído. O si se cayera la Torre Entel. Pero bueno, más allá de que el asunto nos recuerda lo efímero de todo, incluso de los edificios emblemáticos, a mi mente trajo a colación los incendios que recuerdo más de cerca; más allá de que nunca me haya afectado uno. (Sorpresivamente, sí he resultado afectado directamente por inundaciones, y no siempre provocadas por lluvias...) Especialmente recuerdo dos, acaecidos en casa de mi abuela materna.
Mis recuerdos no son muy precisos como para poner en orden el año en que ocurrieron o la fecha. Aún así, trataré de contarlos lo mejor posible. El primero que recuerdo ocurrió en la casa tras la de mi abuela materna. Por ese entonces moraba en ella una señora de la cual mi tía abuela me contó muchas historias cuando anduvimos de viaje por Puerto Montt, (hay gente que dice que si usted quiere hacer "turismo-aventura" debe venirse en tren. En mi caso no fue así, pero eso es harina de otro costal) y que si no me equivoco se llamaba Esmeralda. La cosa es que una tarde, si no me equivoco otoñal, en que estábamos mi abuela materna, mi prima, un tío mio, yo, y el perro de ese lugar que por ese entonces seguía vivo, mi abuela le dice a mi prima que saque al perro y terminamos yo junto con ellas bajo un árbol en frente de la casa. El motivo estaba a la vista: fuego salía de la casa trasera. Mi tío con una manguera intentaba enviar agua a la casa vecina, y de la casa del lado también salía otro chorro de agua. Así, medio barrio terminó en la plaza frente a la casa de mi abuela materna (esa donde se columpiaron durante mi cumpleaños) mirando un fuego que si bien resultó bastante preocupante, no ocasionó ningún daño.
El segundo que recuerdo no fue tan cercano, pero me provocó más pavor que el anterior. Mi abuela materna (en cuyo hogar pasé mis primeros años de vida, pero en ese entonces ya vivía yo en mi domicilio actual) vive a pocas cuadras de la Panamericana Norte, por lo tanto cerca de muchas industrias. Recuerdo que me contaron de al menos un par de veces en que la bodega de los supermercados Montserrat (ubicada en Zapadores con Panamericana Norte) se había quemado, pero eso para mi es sólo un recuerdo relatado. La memoria en pensamiento vivo la tengo del incendio de las fábrica de pinturas Iris, no muy lejos de la bodega antes mencionada. En algún momento caída la noche, cuando mi madre ya había ido a buscarme a casa de mi abuela (creo), se comenzó a oler humo, a sentir sirenas ululando, y a sentir algunas explosiones. Nuevamente medio vecindario se apostó en la plaza a mirar lo que ocurría; si bien desde allí no podía saberse mucho, más que ver y oler humo. Creo además que caían algunos restos por allí. Quienes corrieron hacia Zapadores con destino a Panamericana podrán haber visto más de cerca lo ocurrido, pero yo no me conté entre ellos y vía televisión me (nos) enteré (enteramos) de que el asunto era un incendio en una fábrica de pinturas. Y aquello me puso más intranquilo que el incendio anteriormente relatado. En cualquier momento me imaginaba un tarro de pinturas en llamas cayendo sobre la casa; producto de las inquietantes explosiones. Llegó la hora en que había que irse de casa de mi abuela a la nuestra, y aunque la intensidad del incendio parecía haber disminuído, yo no quería irme. De todos modos terminamos con mi madre esperando micro en Zapadores con Barón de Juras Reales, y de esa micro proviene quizás mi más vivo recuerdo de ese episodio: Mirando por el vidrio de atrás la humareda que se veía hacia Panamericana, y yo tratando de canturrear una canción para calmarme. Al llegar a casa, la televisión mostraba un comercial de Aspirina. Para el dolor de cabeza post-nervios, supongo.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
jueves, enero 19, 2006
Dos sopaipillas.
La espalda y los muslos dolían, pero siguió hasta dejar los ladrillos al borde del muro, y se regaló un par de segundos antes de emprender el regreso con el carro de una sola rueda. Entre las ocho horas de carro, y las tres de bicicleta (una y media de ida, una y media de vuelta) se podía entender la tensión de sus músculos cuya piel estaba teñida del color del sudor, del sol, del trabajo y del polvo. Y la tensión sólo se aliviaba al pensar en el rostro de su hija, Silvia, y en verla hecha una profesora, tomando entre sus manos un día el título; un día en el que pediría permiso en el trabajo, se pondría el traje, y de la mano de su vieja la mirarían con los ojos llenos de lágrimas. Por eso deambulaba de obra en obra en una ciudad que no se detenía y parecía estar siempre hambrienta de casas y de edificios, hambre aquella que era la que le daba trabajo, deambulando de un lugar a otro de la ciudad cada vez más grande, con más buena que mala suerte, ya que no había parado de trabajar, aunque los sueldos no siempre fuesen buenos; pero siempre algo caía. La Teresita que llevaba en la billetera, regalo de su madre, no lo abandonaba.
Recordando los libros que había tenido que comprar Silvia para sus exámenes de fin de año, miró con tristeza el cielo cuando el reloj les señaló a todos la una de la tarde, la hora del almuerzo; ese que algunos traían en sus loncheras, y otros, como él, se apresuraban en ir a proveerse en algún lugar exterior a la obra. Pero siendo certeros, él no se apresuraba. Con calma, como si nada lo apurara, como si el estómago no gruñera, se secó el sudor con la toalla que tenía en la mochila y se sacó el casco. Luego se encaminó a la calle, y desde la entrada de la obra divisó el carrito de doña María, en la esquina siguiente. La señora había aparecido junto con el edificio en construcción, vendiendo sus alimentos con tanto esfuerzo como ellos elevaban a los cielos el cemento y los ladrillos. Llegó al quiosco, y la miró con una sonrisa que ella correspondió, mientras atendía a quienes estaban antes que él. Sintió llegar a sus narices el olor del aceite crepitante, del pan, del pebre, de los tomates que doña María usaba en sus sanguches, de las empanadas de queso fritas, de las sopaipillas de color amarillo que lo llamaban con una sonrisa que no existía.
Buenos días, pues, don José. Buenos días, doña María. ¿Muy cansado? Como bestia, pero hay que ponerle el hombro a la pega pues. ¿Lo mismo de siempre? Sí, doña María. Le traje harto pebrecito, como a usted le gusta, y ya sabe usted que ahí tiene la mostaza y el ketchup. Muchas gracias doña María. ¿Quiere de las que están listitas o le frío otras? Si las que tiene están calientitas, deme de esas. Calientitas pues. Tome, ahí usted llénelas a su gusto. Gracias, doña María.
Dejó una de las masas amarillas cuadradas y fritas en la hoja de toalla nova, y comenzó a embadurnar la otra, como tantas veces, con abundante pebre, el que tenía harto tomate y orégano. Y luego, chorreó sobre el picantito los condimentos amarillos y rojos, el sabor que encubría lo magro para semejar la abundancia y engañar a la boca. Tomó la otra sopaipilla, la puso sobre la que había echado los rellenos, y se sentó al borde de la calle a comer. Y mientras, sin prisa, daba la primera mascada cuidando de que nada se cayera, pensaba en sus ganas de pedir dos más, pero se decía que no podía, que en los libros se había ido casi todo, y había que dejar para lo que quedaba del mes, y que más encima iba a ser Navidad; pero que iban a pagar pronto, que podía aguantar hasta los porotos que le tendría su mujer y que comería con avidez cuando comenzara a caer la noche; y que por mientras jugaba a satisfacer su estómago de obrero reteniendo en la boca la masa de harina, el aceite, y la mezcla de sabores que con su ardor le devolvía la energía.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
martes, enero 17, 2006
La no-sencillez de anular el voto.
Bien, la situación es que, por diversos motivos tanto puntuales como absurdos (que pretendía detallar en una especie de manifiesto que nunca hice y no sé si haré; pésimo soy para explicar teóricamente las cosas, y peor con mis decisiones), había decidido hace días antes de la elección, votar nulo. Decisión, por supuesto, criticada de manera simpática por algunos integrantes de mi familia, bacheletistas, (porque los derechistas de la familia -mi abuela materna y una tía- supuestamente votan nulo) que decían que cómo no le daba el voto a la que, a fin de cuentas, "estará con-nosotros" cuatro años. Admito que tampoco pensé en el "bien común", como mi padre que no quería votar por Bachelet pero terminó votando por ella para que su respaldo fuera mayor y le permitiera gobernar mejor. Oh sí, que egoísta soy. Tenía la certeza además de que Bachelet ganaría, salvo que ocurriera una catástrofe, y coincidimos con Sandoval en nuestras apuestas en ese hecho. (desafortunadamente para él, sólo erré en un 0,2% y no en 4%, así que me debe un movimiento sísmico con harto helado de piña)
Ocurre además que el día jueves 12 de enero, como me informa el calendario de Los Simpsons de cien pesos que tengo en frente, venía yo desde Providencia y decidí caminar. Y cuando el Seba se subió a la micro porque quería irse a casa luego, yo seguí caminando. Y vi caminar más gente a mi alrededor, con céntrico destino. Y a todos converger en una Alameda que estaba cortada porque era el acto de cierre de Bachelet, y todos molestos porque había que ir a dar la vuelta hasta la altura del cerro Santa Lucía para poder pasar a mirar el acto; y allí yo, entre las banderas y las risas, caminando por las calles laterales del Barrio Lastarria, y aún indeciso sobre si quedarme al acto o no; y al final me quedé, me quedé entre las banderas, las mujeres risueñas, los vendedores de cerveza y de challas, una pantalla que casi no se veía, y un espectáculo que no recordaba haber visto, y que no era referido a la "armada española", sino que era verme y saberme en una concentración política (dentro de lo que se puede pedir que tenga de política una concentración a estas alturas) en plena Alameda; oh tiempos de mis abuelos y hasta de mi padre, también yo estaba en una de esas. (No logro recordar por qué no asistí a la de Lagos; siendo que, de haber podido votar, habría votado por él en las dos vueltas -y esto no basado en mi pensamiento actual, sino en lo que decía yo en esos días-; pero si recuerdo que me llegó una "manito" de Lagos, que al moverla hacía ruido como de aplausos) El ambiente era lo más divertido... La gente conocía más a Víctor Manuel que a Saiko, la pantalla la veía muy a ratos, el sonido era más esporádico aún; y salvo por los chillidos incontrolables que se desataron cuando la multitud fue enterándose que estaba Miguel Bosé, el público (consideremos que yo estaba a la altura de la automotora que había en la cuadra entre Lastarria y Victoria Subercaseux; no muy cerca del escenario precisamente, y sí cerca de los abnegados -no bajaron nunca las banderas- militantes del Mapu Obrero Campesino; cosa que ni yo sabía que existía) de verdad esperaba a Bachelet. Con un discurso que no escuché muy bien, y que por lo que escuché, tampoco me convenció de cambiar de decisión. Al tratar de irme, un par de sujetos comentaban el acto y uno dijo "se farrearon el acto". Y yo fruncí el ceño al saber que al día siguiente Bachelet (futura Su Excelencia) había dicho algo así como que su gobierno sería de muchos colores.
Llegó el domingo; y si bien no es que el asunto me haya llenado la mente (y otros asuntos me aproblemaron el día anterior, además), de verdad hice lo que se supone que uno debería haber hecho entre viernes y sábado y reflexioné sobre mi voto, concluyendo nuevamente que anularía. Como el insomnio ha sido una constante de estos días, creo haberme dormido a las 5 de la mañana, o algo así, y como tal, ¡obviamente no desperté a las 8 de la mañana a votar! (vaya fracaso... no logré hacerlo en ninguna de las dos elecciones.) De hecho, desperté a las 11 de la mañana, e incluso antes de ir a sufragar (contemos además mis demoras en bañarme, vestirme, y desayunar... Esto último, un acto que había ido olvidando, pero que he ido recuperando con sumo placer) fui a misa. Y sin embargo, mi espíritu no estaba muy conforme con mi decisión, y buscaba en las calles, en el aire, en los rostros, en los letreros, un motivo para ser incluído por Jorge Correa-Sutil entre los votos validamente emitidos.
Terminé llegando a mi mesa como a las 13:30, y fui recibido con un "al fin uno para la 88" por parte del presidente de mesa, y las miradas hastiadas de los vocales, que parecía que hacía bastante rato que no tenían mucho que hacer. Firmé el registro, me entregaron el voto, y me encontré sólo ante la urna y ante la disyuntiva ya detallada en toda esta crónica. Tomé el lápiz, y comenzé a trazar una línea. Crucé por la horizontal del candidato 1. Seguí. Y crucé la del candidato 2. Me detuve, cerré el voto, le pegué la estampilla (podría habérmela robado para mi colección), y deposité un simple voto anulado.
Por cierto, horas más tarde, primero paseando por Conchalí y luego observando las imágenes televisivas, pude observar los festejos bastante efusivos y numerosos de la gente, especialmente de las mujeres. Y a una Malucha Pinto diciendo que ahora, tenemos "matria".
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
(entrega conjunta para elpoleno.blogspot.com y mimamaeslesbiana.blogspot.com)
miércoles, diciembre 28, 2005
Navidad a oscuras
Gracias al pequeño transistor onda corta que le regaló un padre que no terminaba de comprenderle, don Manuel Aguilar, párroco de La Bayamera, pudo escuchar por Radio Vaticana el saludo de Navidad del Papa Pablo VI. Eso le ayudaba a acompañarse en una fecha solitaria. Solitaria como solitarios eran sus días de sacerdote. Sabía que serían así, pero eso sólo se le había hecho patente cuando llegó enviado por monseñor Amigo a La Bayamera. Recordaba ese primer día, y la "calurosa" bienvenida que le había proporcionado el alcalde, que había mandado clausurar la puerta principal de la parroquia a una hora de llegar, con el pretexto de que la pared del frontis era un peligro de derrumbe, y que ese derrumbe podía ocurrir al abrir la puerta.
Aquel primer gesto sería reflejo de la soledad que le acompañaría en los meses posteriores. Ni siquiera el venir de la capital le atrajo el contacto de los pobladores, quienes en su gran mayoría lo rehuían al verlo pasar. Los únicos que no se cohibían en hablarle eran los de la junta de racionamiento, que cada vez que el sacerdote iba a buscar sus raciones le recibían con una alegría que nadie más le demostraba, pero siempre acompañada de las insinuaciones de “Padrecito, nos dijeron por ahí que se va a la Parroquia de…”, señal de que tampoco estaban muy contentos de su permanencia en el lugar. Permanencia… Esa era la palabra correcta. Difícilmente se podrían usar otros adjetivos que usaban los sacerdotes: “trabajo”, “misión”. El padre Aguilar contaba su feligresía dominical con los dedos de las manos. Y a veces le sobraban dedos.
La emisora de Roma anunció que continuaría sus transmisiones con música, y don Manuel apagó el receptor para comenzar a preparar la misa de Navidad. Comenzó lentamente a desplegar un mantel blanco que doña Lucía le había regalado a su llegada, y con un trapo viejo limpió el altar resquebrajado y las imágenes que quedaban en el templo. Mientras limpiaba, pensaba en si sus avisos de que celebraría la Navidad tendrían eco. No habían faltado las ocasiones en que había celebrado misa solo. Además, en esas fechas, el control era férreo. Doña Lucía, que vivía al frente, no tenía miedo; pero a veces tampoco ella podía ir. Y él no era quien para exigirle a ninguno de sus feligreses. Sabía que, en cada ocasión, se arriesgaban.
Cayó la noche. Don Manuel, cabellera blanca a sus cuarenta años, vio que todo estaba lo mejor arreglado posible; lo mejor que se podía esperar en un templo que se llovía, que tenía tejas caídas, paredes resquebrajadas, y donde faltaba todo, menos oscuridad y soledad. Había electricidad esa noche, y podía considerarse afortunado de encender la bombilla eléctrica que iluminaba el altar. Aunque aún faltaba para la hora que había anunciado, abrió la puerta lateral del templo. Señal de desafío. Desde afuera, música atronadora contestaba y no tenía intenciones de cesar.
La bombilla y los insectos chirriaban. La luz de las estrellas miraba al padre Aguilar, y el padre miraba el reloj; y el reloj, los insectos, la bombilla y el padre veían que nadie llegaba. Al frente no había luz alguna encendida. La música seguía sin cesar reproduciéndose en la sede del partido y en la cantina. Y llegó la hora. Dudó de si hacer algo que no tenía sentido; pero el Salvador tampoco era cosa de razón, y le pedía hacer misa aunque estuviera solo. Buscó la estola, los pocos implementos que trajo en la maleta, y comenzó a cantar. Se aseguró sí de tener una compañía: la foto de su familia se apoyaba en una vela sobre el altar. Mientras el baile y la fiesta parecían estar en su punto álgido, Aguilar se esmeraba en leer el Evangelio. Y se cortó la luz.
La música no pudo continuar. Él sí; sabía el procedimiento de memoria. Además, estaba representando un monólogo. En la oscuridad vio venir las nubes en el cielo, y una gota le apagó la vela en el último amén. Así era la lluvia en el trópico. Impredecible. Se predijo una mala noche tratando de evitar las goteras. Se tendió en el banco que le servía de cama, y se guareció con las frazadas. “Feliz Navidad”, se dijo, antes de cerrar los ojos tristes.
Le acariciaban la cara. Era su madre; la única feliz de verlo sacerdote. Pero le estaba llamando padre, no hijo. La palabra resonaba cada vez más en sus oídos.
Abrió los ojos. Con el rostro perplejo, y los sentidos tratando de reaccionar, vio entonces a doña Lucía a su lado tratando de despertarle. Tras ella, unas personas, veinte quizás, le observaban. Entre ellas, una clase de gente que hace mucho no veía. Niños.
-¿Qué hora es?
-Es la una de la madrugada. Nos preguntábamos si podría celebrar la misa de Navidad.
Adormilado, logró que sus músculos esbozaran una sonrisa. Permítanme despertar, por favor, les dijo, y le ayudaron mientras abría los ojos son creerlo.
Se dirigió al interruptor. Una voz cómplice le dijo:
-No hay luz.
Comprendió entonces, y dejó que el cielo y los ojos de la gente, iluminaran su Navidad a oscuras.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
viernes, diciembre 23, 2005
Retoño.
Desde la cuadra anterior, donde estaba esperando pasar aquella complicada esquina, había visto al anciano, que a un costado de la calzada vehicular aguardaba a que se encendiera la luz roja para recorrer con paso lento las ventanillas de los autos en busca de una moneda. Llevaba puesto un sombrero de viejo pascuero, y andaba trayendo un coche, en la parte inferior del cual unas bolsas de feria guardaban algunas de sus pertenencias, supuse.
Cuando llegué cerca de la esquina, y se dirigió desde el pavimento hacia mi, lo primero en que me fijé era en que el coche no llevaba a nadie.
El viejo también se percató, y me habló.
- Se llama Camilo... Tiene dos años, pero todavía le cuesta caminar, se cansa mucho, y por eso lo ando trayendo en este coche. Así además nos hacemos compañía. Vivimos solos; sus papás murieron, y desde entonces es mi retoño... Pido para mi, pero también para él. Compartimos el pan y la casa, y cuando junto hartas monedas, le compro un poco de leche.
No pude evitar mirarle, mirar su gorro cuya parte blanca estaba sucia, el coche vacío... En el cubículo delante de la palanca de cambios, una moneda de quinientos pesos que era parte del vuelto del diario que yacía abandonado en el asiento del lado derecho brilló. La alcancé y se la dí, acompañándola con un imperceptible "tome". Me sonrío y dijo:
- Le diría que le diera las gracias, pero es mudito. Así que yo le agradezco por mi y por él.
El viejo avanzó con su coche entre los autos hacia el que estaba detrás mio. Mientras lo miraba por el espejo retrovisor, el semáforo dio la luz verde. Había que continuar el camino.
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
jueves, noviembre 17, 2005
Lastre.
Compró un globo.
Consiguió gas, tomó cocaví para el camino, y comenzó a inflarlo.
Cuando estuvo listo, en medio del campo verde, miró a lo lejos y partió.
Y mientras avanzaba, iba dejando atrás y olvidando, mientras echaba los sacos al suelo.
Horas después y doscientos kilómetros más allá, mientras caía la tarde y el general Manuel Carranza estaba en medio de sus cavilaciones existenciales en uno de los cerros que rodean a la ciudad de Los Pumas, el ordenanza del general le decía al contuso tripulante del globo aerostático caído, "¿es que no sabe que el lastre es necesario para el equilibrar el globo, idiota?"
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
domingo, noviembre 13, 2005
Cantemos con poleno. (O de las renovaciones en la Plataforma Multimediática Polena)
Tiempo después, la señorita Lucy (http://capullorugoso.blogspot.com) también apareció con un video en su blog. "I like a virgin" era la canción en cuestión, y la sección donde se inscribía ese video era "Cantemos con Oruga". El nombre, lo recuerdo, me hizo reír. Pero después ella sacó la sección. Vaya a saber uno por qué.
Y bien, como adelanté en algún artículo, saqué el contador.
¿Qué le pongo entonces al blog, pensé?
Buscando, buscando, ah, maravillas de la internet, hay sitios que le ayudan a uno a ponerle cuanto adornito quiera a su blog.
¿Videos? ¡Claro que sí, por supuesto que le tenemos!
Entonces no fue más que copiar algunos códigos, buscar, y ahora "Escribiendo el melodrama barato de mi vida" le tiene "Cantemos con Poleno".
Con una canción bien ad-hoc a Poleno, por supuesto.
También el blog de Deportes Melipilla, que ha superado en visitas a su alma mater, le tiene algunas novedades. Véalas en http://deportesmelipilla.blogspot.com
El que se ha ido quedando atrás, en público y en adornitos, pero ya le meteremos más cosas, es el blog de la República Turca de Chipre del Norte. http://republicaturcadechipredelnorte.blogspot.com
Y si revisan los links de www.fotolog.net/elpoleno se encontrarán con más de una sorpresa graciosa.
Espero que esta temporada de calor (maldito sea) sea fructífera en novedades "tecnológicas" y en artículos para la Plataforma Multimediática Polena. Ya estamos pensando en algunas sorpresitas para todos ustedes, amables lectores.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
martes, octubre 25, 2005
Un año de(saprovechado) blog.
Y sin embargo, creo que este espacio ha sido desaprovechado. Se pudo haber escrito mucho más aquí; y no siempre faltaron las ideas. En el fondo, la causa es un problema endémico del encargado de este blog, su falta de disciplina para poner en texto esas ideas, para darse tiempo en aprovechar de escribir y no perder el tiempo viendo huevadas. Falta la constancia (no confundir con nombres que suenan parecido) y la voluntad; vaya novedad, como si las hubiera tenido alguna vez.
Es entonces ahora, cuando se cumple un año de este blog, que debería pensar seriamente en aprovechar algo más este espacio, usarlo más, no tener tanta "paja" de accesar mi nombre de usuario y contraseña y ponerme a escribir aquí. Vamos a tratar.
Aunque por algunas semanas, el tiempo va a ser escaso. Ya saben, PSU y todo eso.
Mejor sacaré el contador. Además, ya no funciona.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
sábado, octubre 22, 2005
El día que la ciudad amaneció perdida.
Bien. Bajé, y me fui a encontrar con María. Luego subimos a ver micros. Y oh sorpresa, mirando micros en Bandera, encontré a alguien (pero eso es otra historia...). Bien, en Bandera el panorama era de caos, ante todo por el lío de que los buses articulados no caben por el paso, y la mayoría de los buses nuevos no estaban pasando por Bandera. Entonces, como además parece que todo Santiago había salido a la calle, o algo así, porque en los paraderos había mucha gente, había hordas esperando subirse a cualquier micro. Misma situación se observaba en la Alameda, donde una confusión de micros verdes, rosadas y amarillas, muchas de ellas al parecer desprevenidas, cosa notoria por los letreros a mano y recorridos anunciados con pintura blanca, pasaban por la principal arteria vial de Santiago.
Pasó la tarde, y cuando fue la hora de volver a casa, fui al paradero céntrico tradicional (y no oficial) a tratar de encontrar una micro en la que volver. El panorama era desolador. Debido a que justamente el paso nivel de Bandera con San Diego es el único en el que no caben los buses "oruga", (jiji) la cantidad de buses que pasaba por Bandera era exigua, y casi todos de Renca. Me fui entonces unas cuadras al poniente, por donde se suponía que pasaban las nuevas micros. Cuando ya me iba a volver a Bandera a ver si pasaba una de las viejas amarillas, a lo lejos se vio venir una 139 de esas verdes de tamaño "normal", con destino Quilicura, nuevecita de paquete. Y llena de gente. En fin, la hice parar igual. La puerta se abrió lentamente, y al subir, una pléyade de choferes nos saludó a quienes subimos, y es más, nos dijeron que por ese día el transporte era gratis. El caballero que subió detrás mio creía estar siendo objeto de una broma de Video Match al oír eso, pero cuando se lo terminó por creer, dijo "al fin una hueá gratis en Chile".
El viaje fue lento, muy lento, mirando las calles céntricas llenas de gente estupefacta y sin tener mucha idea de qué hacer. No faltó quien quiso bajarse a mitad de cuadra, y como no le pararon, empezó a echar chuchadas varias al "operador". Pero quizás el caso más emblemático fue el de aquel energúmeno que en Mapocho quiso que le pararan en la tercera pista, y al ver que no le hacían caso a su majestad y ni pensaban en abrirle la puerta donde no se debe, comenzó a golpear el bus, hacer gestos con las manos, y putear a la micro y a su chofer. Los asientos, escasos. La gente se apelotonaba adelante como si el torniquete del cobrador se la fuera a comer. Y para sorpresa de todos, subió un joven en silla de ruedas. El espacio para poner éstas demostró su utilidad aquí, y todos quienes se afirmaban en ese sector del bus hubieron de buscar nuevas ubicaciones.
Una experiencia un tanto extraña la de andar en un bus nuevo, pero a la que habrá que acostumbrarse, aunque no sé cómo irá a ser la relación entre las gentes y sus nuevos buses. Mi primera visión es algo pesimista, pero quizás las cosas cambien cuando la ciudad no amanezca tan perdida con esta invasión albiverde que se nos viene encima.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
lunes, octubre 17, 2005
Discurso anual 2005.
Santiago, 15 de octubre de 2005
Estimada gente:
La literatura no sirve de nada, pero nos vuelve más lúcidos. Quizás en mi infancia tuve el error o el acierto (es tan subjetivo definir qué fue) de leer demasiada literatura, y es más, leerla a escondidas, como si se tratase de dictadura perseguidora, cuando no era más que mi insomnio que no quería irse a dormir cuando lo mandaban. Creo que eso produjo demasiada lucidez en mi, que si bien no ha servido de mucho para hacerme cambiar, o para dejar de llegar tarde (la última frase también tiene un sentido metafórico, y más de alguien bien lo sabe), al menos sirve para darse cuenta… De algo, supongo.
Mientras me sentaba a intentar escribir esto recibí con sorpresa una encomienda, “urgente”. Y yo, con mi urgencia tantas veces desaprovechada, me pregunté una vez más por qué cierta gente (más hasta de lo que yo mismo creo) me quiere tanto. Es una pregunta que no he sido capaz de responderme, y en parte me atormenta, porque después de años (quizás los mismos tres que llevo aburriendo gente con mis discursos de 15 de octubre) sigo sin acostumbrarme a ello. Sigo quedándome pegado en lo que fue, y por eso reitero las preguntas y los actos. Y quizás este momento tan extraño, este día tan raro para mi en el que cumplo 18 años (aunque los cambios no sean muchos, prefiero darle importancia, a ver si sirve de algo), sea el momento de salir un poco, un poquito, del pasado refugiante. O al menos dejar de hacerme esa pregunta, porque sé que no tiene respuesta; que la respuesta posible, la única, son mis propios actos.
Despertar quizás sea la moraleja del día. Pero surgen nuevas preguntas. ¿Despertar a qué? ¿Para qué despertar, si es más fácil dormir? ¡Ah, dije la palabra clave!... Lo fácil. Si media vida me he ido por ese camino, huyendo de todo. ¿Entonces por qué despertar?
¿Hay algo todavía a lo que despertar?
Contraviniendo todo mi bien armado sistema de estabilidad construido, al parecer sí lo hay. Aunque incluye el riesgo de caerse del catre.
¿Despertar a qué entonces?
Tan simple como despertar a la idea que se pasa por la mente, a la causa tonta que a uno se le ocurre, a la cara triste que le preocupó por un segundo, al árbol que justo esa mañana pareciera ser más verde que otras mañanas, cuando es el mismo árbol de todos los días, ese mismo de la esquina. Despertar al amigo que olvidamos creyendo que era un imbécil, y al imbécil que olvidamos cuando nos dimos cuenta que podía ser un amigo. A la canción que nos hizo temblar la cara, al lugar que nos agradó y quisiéramos volver. A los conocidos que saludamos con la cara ojerosa y la palabra balbuceante cada mañana, y a los que aún no aparecen pero en el banco de la plaza se les podría ocurrir preguntarte la hora, y luego preguntarte tu nombre.
Despertar entonces a lo más simple y a lo más sagrado. A la vida. A la vida; todo y sólo eso.
¿Y para qué? Porque supongo que todavía vale la pena. Todavía puede servir de algo.
Creo entonces que en este día, más que hablar de votaciones, mis futuros viajes a países raros (que ojalá algún día se realicen; escúchanos Señor te rogamos), sueños y pesares; lo importante es que es una oportunidad más de despertar. Un día más para despertar; aunque me falten argumentos teóricos para sustentarlo, y esto no sea más que unas cuantas palabras.
Y al menos por un día, ver si aprendí (puede reemplazarse por un “aprendimos”, pero creo que al menos yo debo bastarme con tomarlo para mi alguna vez) la lección.
Saludos... Y os agradezco muy cordialmente vuestra amistad.
Eduardo Esteban Peñailillo Barra
Conchalí, Santiago, Chile.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo Barra.
sábado, octubre 01, 2005
¿Intuición?
El problema es que yo no tengo sanidad mental. Y en el punto anterior: O soy inseguro, o soy despistado.
Bien... Súper bien.
Sin embargo, al parecer mi intuición sí funciona.
Mi intuición; o quizás sea más exacto decir, mi capacidad de asociar elementos lógicos o probablidades. Eso no excluye que a veces parezca más bien una asociación de incoherencias.
O achunte, si andan ahorrativos de palabras.
Alguna gente agradecería esa clase de atributos, aunque fuera en algunas ocasiones de poca importancia. Yo sinceramente me lo tomo con una mezcla de temor e incredulidad. ¿Temor? Pero claro. O sea, toparse de repente con que uno termina por haberse enterado con anticipación de cosas que suceden luego... A mi me deja perplejo.
Aunque a veces, tanto va el cántaro al agua, que pasa.
Tanto esperar un suceso; y no sólo esperar, decir que va a ocurrir, decir que es inevitable... Por supuesto que puede llevar a que ocurra.
Así caminaba yo.
Dirigía mis pasos a casa; buenos libros y bolsa del pan en la mano, como si fuera una escena anticipatoria, pero no lo era...
Entonces pensé "¿y sí?".
Crucé.
Y sí.
Con levantar la mirada bastó para confirmar, para ver, para que cayera el ladrillazo, para asociar y lanzar hipótesis, para perder, para que el suelo se hundiera un poco. Con voltear un poco la cabeza fue suficiente para darse cuenta una vez más que no me es posible borrar; aunque supere. Aunque nada sea lo mismo.
Por supuesto que no lo es.
El alelamiento dio paso a un patear el suelo cada vez que algo así ocurre.
Pero igual quedan resabios de sensaciones.
Hay cosas que a uno le siguen gustando de todos modos.
Malditas imágenes y sensaciones encantadoras; perturbadora sidra de manzana que tiende a envenenarme un poco el alma de tanto en tanto.
Y yo no-creyendo en mi intuición, por creer en otras cosas.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.
domingo, septiembre 04, 2005
Mi tesoro enfermo.
Que te regalé
De decisiones que sin pensar
lastomé por tí
De abrumadoras sombras
Que para tí compré
Hoy te desheredo
Mi tesoro enfermo
En un mar de vientos
Mi tesoro enfermo
No quiero hablar demasiado
De la verdad
Que me hizo mentir
De sueños sin descanso
Que hablan de muerte y de sed
Y de secretos sordos
Que nunca supe oír
Hoy te desheredo
Mi tesoro enfermo
En un mar de vientos
Mi tesoro enfermo
Me voy de viaje por el infierno
Cielo, Mar y Tierra
Me sobra el Tiempo...
(Los Tres, "Te desheredo")
No tengo plata. Tengo unos cuantos libros, unos cuantos escritos, otras tantas cartas llegadas desde demasiados lugares del mundo si consideramos lo escaso que conozco de este; que conozco, no que sé, que son cosas muy distintas ciertamente. Mi madre insiste en que la cama es mía y mi padre insiste en que el notebook es mio, pero supongo que todavía no acabo de entender o de querer entender eso, algo así como que parte del "no" no entendiste. A lo que voy -siempre yo con mis rodeos- es que no va a lo material la palabra cuando me subo al monte de las afirmaciones o bien llego a la oficina de las declaraciones sin sentido -elíjase la metáfora que se prefiera- y postulo tener un tesoro. Supongo que hay alguna gente que lo cree. Una herencia, pero mejor quedémonos con el término tesoro. Le podemos anexar el adjetivo enfermo si queremos, si se considera que también es fruto de un entramado que se desarrolló enfermizamente en algunos de sus aspectos más importantes, quizás podríamos mencionar entre ellos el silencio y un sentido pésimo de la auto valía, además de la facilidad del fracaso, pero no es de esta estructura que iba a hablar, sino del sentido del tesoro; y voy a dejar de tratarme mal para postular "again" que sí existe, que sí está, y que bueno, de tanto en tanto lo reparto, contraviniendo mi puto egoísmo.
El problema, mis queridos lectores (si es que llega a caer alguien por aquí) es cuando uno lanza las monedas y nadie las recoge. ¿Qué se hace en esos casos? Y yo debo decir que he sido muy tonto y muy ciego en ese aspecto, porque yo he lanzado las monedas en medio de las calles de Montecarlo, sin darme cuenta que en Kiev las necesitaban más. Pésima analogía para decir que la repartición de mi tesoro, de mi mismo, de mi amistad, o como quieran plantearla, ha sido hecha casi tan mal como la distribución chilena del ingreso. Ante todo porque me he confiado, porque me he acostumbrado, porque perdí ese sentido de la desesperación de la soledad (sólo en parte lo perdí) y me acostumbré a que existía gente al lado mío, cosa que en su largo tiempo no estuvo clara, es más, no existía. Y al acostumbrarme, perdí la necesidad de reafirmarlo, y también cerré los ojos; porque es eso lo que nos pasa cuando nos acostumbramos. Entonces sólo abrí la puerta; de hecho, estaba pasándolo genial abriéndole la puerta a tanta gente. La casa estaba limpia, había mucho que comer y que beber; por favor, adelante. Pero en un momento el anfitrión se dio cuenta que ciertos invitados sólo se le acercaban a hablar para pedirle más vino y más queso. No era esa la idea. Se los aclaró. No escucharon.
Por eso cree que hizo bien en echarlos, o en intentar hacerlo. En desheredarlos de su tesoro enfermo. Sí, es cierto, probablemente magnifica la situación y todo esto da lo mismo, y nuevamente me sumerjo en un mar de puras tonteras; pero es un tema que me importa, que necesito hacer palabra, para que me deje de rondar como sombra. Soy orgulloso, está bien; nadie me dio el derecho a declararme juez, a dictar sentencia, a ser tribunal y parte. Pero es mi tesoro y la huevada es mía. Si tengo que cerrar las puertas lo voy a hacer, aunque sé que nunca sería como antes, algo no puede volver a un punto que quedó al lado izquierdo del plano cartesiano, ni aún queriendo... No, no sería lo mismo, y probablemente sea un alivio que no pueda volver a ser igual, porque lo que menos quiero en la vida es retrotraerme al punto 10, o al punto 11, aunque haya cosas que eche de menos de allí, aunque probablemente haya sido mucho menos condenable y mucho más amable.
La cosa es que supuestamente he firmado ciertos decretos de desheredo, aunque cada uno o dos días esté dudando de si debería hacerlo, y probablemente si los objetos del decreto se acercaran a pedir una apelación les sería concedida, por más que creo que no lo harán, y soy así de claro. Aunque todo esto me ha llevado a pensar algo que termina por reafirmarme en el túnel que le decía al señor que llega atrasado en el tren: aquello de saber lo que debo hacer y no hacerlo. Claro, cierro la puerta a algunos casos. Pero debería abrirla para muchos más, y no lo hago, por temor a...
Tampoco voy a ponerme a hablar de un viaje por el infierno. No, qué infierno, si no lo conozco. (Y no estoy siendo irónico) Sólo quisiera terminar, con un mensaje muy particular, que era simplemente el decirte que más allá de las características del viaje, que tus pasos de pinguina me sigan es algo que resulta reconfortante, quizás demasiado agradable (aunque creo que demasiado no es el término correcto), y un poco extraño para mi, pero espero no hacerlo tan mal.
Ante todo, espero no acostumbrarme. Creo que aunque pueda resultar un poco duro será mejor. Tanto si hay principio, como si hay final. Acostumbradas, podrían marchitarse las flores de Nederland.
Eso. Gracias.
Saludos,
S.E., Mrcl. Eduardo Peñailillo B.